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Jesús
hacía su más importante trabajo mientras
se sentaba a los pies de las personas y compartía
una comida.
Él no tuvo
una oficina dorada en el piso 77 de un edificio en la
zona comercial de Jerusalén; y hasta donde sepamos,
no tuvo escritorio, ni secretaria o casa propia siquiera.
Él tendía a conducir muchos de sus asuntos
de familia alrededor de la mesa de comer.
Una vez sus doce discípulos vinieron a cenar y,
aunque se acordaron de dejar sus sandalias fuera, traían
suficiente polvo del camino y partículas de estiércol
de asno y de camello en los pies como para hacer que la
habitación tuviera una fragancia especial. Jesús
debe de haber observado dos problemas relacionados más:
parecía que allí no había ningún
sirviente disponible para realizar el lavatorio de pies;
y ninguno de los discípulos parecía aquella
noche estar dispuesto a tomar una iniciativa desinteresada.
Eso significó
que Jesús fue confrontado por la dualidad de los
problemas de la contaminación de corazones manchados
por el orgullo y la de los pies sucios– en una de
las noches más importantes de su ministerio. Alguien
tendría que hacer algo para restaurar una atmósfera
apropiada en ese lugar. Desde la perspectiva del Señor,
la solución era sencilla. Limpiaría ambas
suciedades de inmediato por medio del poder del servicio:
[Él] se levantó de la cena, y se quitó
su manto, y tomando una toalla, se la ciñó.
Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar
los pies de los discípulos, y a enjugarlos con
la toalla con que estaba ceñido.
¿Cómo
pudo el hijo de dios descender a un nivel tan bajo?
Pedro, el que había reconocido la deidad de Jesús
antes que ningún otro del grupo, sencillamente
no podía entender cómo el Hijo de Dios pudiera
haber descendido a un nivel tan bajo hasta el punto de
lavar el estiércol de asno de los pies de sus propios
discípulos. Pedro no era un experto en la esfera
de la ley, pero su lógica hizo que pensara:
¡algo no se ve bien en este cuadro!
¿Dónde están los sirvientes
cuándo uno los necesita? Los otros discípulos
podían quedarse sentados allí y permitir
que eso ocurriera– ¡pero Pedro no!
El discípulo más locuaz decidió volver
a poner de nuevo amablemente a Jesús en su lugar.
(La primera vez, Pedro intentó quitarle a Jesús
la idea de morir en la cruz y fue reprendido.) Le preguntó
a Jesús si Él realmente quería lavarle
los pies, en espera de que el Señor se diera cuenta
de la indirecta. Cuando Jesús le dijo algo acerca
de entender después, Pedro tomó la ruta
directa por la que más se le conocía:
“Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás.
Jesús le respondió: Si no te lavare, no
tendrás parte conmigo”.
Jesús parecía tomar muy serio el lavatorio
de pies, pero tengo que confesar que yo era como Pedro
en lo que se refiere a esa actividad. Entonces Dios usó
mi caja de lustrar zapatos para enseñarme una lección
inolvidable en la esfera del servicio.
Hace varios años, cuando era yo pastor de una iglesia,
tuve que tomar una decisión que hirió los
sentimientos de un caballero de mi congregación.
Este hombre era honrado y quería hacer lo correcto;
pero en aquella circunstancia, sus acciones estaban equivocadas.
Después que hice el necesario ajuste de rumbo,
mi relación con ese hombre permaneció tensa
y difícil. Había yo hecho todo lo posible
por intentar restaurar la paz entre nosotros, pero nada
parecía funcionar. Por último, le presenté
el asunto al Señor.
Él
me dijo: isé un siervo!
El Señor me dijo exactamente lo que yo no quería
oír; me dijo:
¡Sé un siervo!
Hice todo lo que pude por convertirme en un siervo, pero
nada de lo que hice contribuyó a que este hombre
cambiara de actitud. Fue entonces cuando el Señor
se hizo presente y me recordó acerca de la importancia
de lustrar zapatos. Viajar es una parte necesaria de mi
ministerio, así que tengo que pasarme mucho tiempo
en los aeropuertos.
De vez en cuando
me hago lustrar los zapatos en los sillones de limpieza
de calzado de los principales aeropuertos, por lo que
un día me decidí a preguntarle a uno de
los limpiabotas cuánto ganaba. No me sorprendió
que por respuesta obtuviera yo una sonrisa, por lo que
decidí sacar un estimado yo mismo.
Si el hombre se ocupa de 6 clientes por hora a US$5 cada
uno, entonces gana $30 por hora. Si trabaja cinco días
a la semana y toma dos semanas de vacaciones todos los
años, ¡entonces él y su caja de limpiabotas
generan al año $60.000 en ingresos brutos!
Cuando le mencioné
mi descubrimiento a algunos de los adolescentes de la
iglesia y sugerí la limpieza de calzado como una
manera seria de generar dinero durante el verano, uno
de ellos expresó el mismo sentimiento que la mayoría
de los creyentes tienen hacia el servicio. Dijo: ¡Yo
no voy a lustrar zapatos! Entonces el Señor me
tocó con el codo y me preguntó: ¿Lo
harías tú, Tommy? En mi libro El equipo
soñado por Dios: Llamamiento a la unidad compartí
lo que ocurrió después. Entonces Dios trajo
a mi memoria el hombre cuyos sentimientos había
yo herido antes. El Señor me dijo: ¡entonces
límpiale los zapatos! Me costó bastante
trabajo decidirme a hacerlo.
El domingo siguiente llevé a la iglesia mi equipo
de lustrar calzado. En el proceso de predicar, le pedí
a ese caballero que pasara al frente de la congregación
y que se sentara allí mientras yo predicaba. Mi
sermón abordaba el lavado de pies; mi texto era
el de Juan capítulo 13. Yo contemporicé
el lavado de pies con la limpieza de calzados. Mientras
predicaba, le limpié los zapatos. Me quité
la chaqueta, me metí la corbata en la camisa y
lustré sus zapatos en tanto que predicaba.
Él y yo
sí sabíamos lo que pasaba aunque la congregación
en su totalidad no lo supiera. Según lustraba yo
sus zapatos, empecé a llorar y luego él
también. Tan pronto como fue ejemplificado el espíritu
de servicio, se movió el Espíritu Santo.
Fue quebrantado el espíritu de antagonismo. Las
personas empezaron a alinearse para lustrarse los zapatos
unas a otras. Sacaban sus pañuelos para limpiar
los zapatos. Lágrimas calientes salpicaban zapatos
sucios. Un espíritu de unidad se apoderó
de nuestra iglesia. Ocurrió un gran avivamiento.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que usted
envainó su espada y tomó una toalla? El
reino de Dios es edificado por siervos. Empiece a limpiar
las suciedades de los pies de su hermano. Si Él
lo hizo, ¡debemos hacerlo también! Pongamos
en práctica el servicio. No olvidemos que el símbolo
de su reino es una toalla.
El poder
secreto de la toalla
El secreto de la verdadera autoridad en la tierra a pesar
de ser tan mal entendido como lo es una toalla y no una
espada. Debe llegar a ser nuestra arma primordial predilecta
contra los enemigos terrenales según reservamos
la espada para usarla contra los principados y poderes
terrenales que operan a través de las personas.
Jesús nunca
atacó a los individuos; Él trató
directamente con el poder detrás de ellos. Cuando
Jesús le dijo a Pedro: “¡Quítate
de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo,
porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en
las de los hombres” Él miró más
allá de Pedro y se dirigió a la verdadera
fuente motivadora.
Jesús esgrimió
la espada de Dios rápidamente contra la mentira
de Satanás, pero no le hizo daño a Pedro.
Las acciones del Señor en el incidente con Pedro
ilustran el versículo en el libro de Hebreos que
dice: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz,
y más cortante que toda espada de dos filos; y
penetra hasta partir el alma y el espíritu, las
coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos
y las intenciones del corazón (Hebreos 4: 12)
Jesús nunca
reprendía al pecador, pero era rápido y
cortante cuando se trataba del espíritu de hipocresía
que opera a través de personas religiosas. Él
estaba presto a reprender las acciones de los religiosos
farisaicos, mientras que nosotros somos raudos a reprender
a los pecadores. Es ese un ejemplo del uso de la espada
de la Palabra de Dios en la esfera equivocada. Jesús
se hizo siervo de los pecadores en tanto que mantenía
su rango de Señor y Rey sobre los espíritus
inmundos que operan a través de huestes humanas.
Es importante que
hagamos esa distinción. Las personas no son nuestras
enemigas; Dios nos envió a servir a las personas
así como nuestro Señor nos sirvió
a nosotros. Es hora de que envainemos nuestra espada y
tomemos una toalla. La toalla es el símbolo de
nuestro Salvador en la tierra, “se despojó
a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante
a los hombres (Filipenses 2:7). El Hijo de Dios se ciñó
una toalla, les lavó los pies a sus discípulos
y se convirtió en siervo de todos. Ese es nuestro
modelo y la fuente de verdadera grandeza. Si nuestro Señor
echó mano de la toalla, quizá sea hora de
que hagamos lo mismo.
Si queremos
ver que la voluntad de Dios se haga en esta esfera como
se hace en las regiones celestes, entonces debemos despojarnos
de nuestra pretensión religiosa y humillarnos.
Debemos hacernos siervos a fin de suplir las necesidades
de los que nos rodean. Al combinar el uso apropiado de
la toalla de siervo en la esfera terrenal con el de la
espada en la esfera celestial, ¡veremos al infierno
sufrir grandes derrotas, desmembraremos el reino de tinieblas
de Satanás y arruinaremos las puertas mismas del
infierno en tanto que remembramos el cuerpo de Cristo!
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