Un
acto es fácil de organizar. Se colocan unas banderas,
una plataforma, algunas flores y ya está. Los
actos se arman y se desarman, se montan y se desmontan,
se preparan y se presentan. Pero las actitudes nacen
del corazón. Las actitudes brotan de lo que uno
es. Son el reflejo de lo que tenemos dentro. No hay
maquillaje, ni disfraz para las actitudes. Somos lo
que nuestras actitudes revelan.
Tenemos control sobre un acto, sabemos provocar sentimientos
y reacciones. Podemos preparar una bonita conferencia
e impresionar a nuestros invitados, pero también
podemos echarlo todo a perder con una mala actitud.
Con un acto se puede causar una buena imagen de lo que
uno es o de lo que uno quiere que los demás piensen.
Pero con una actitud se puede herir el corazón
de alguien, se puede dañar los sentimientos y
se puede además quebrar los vínculos de
una relación personal.
¿Por qué nos preocupamos tanto por organizar
eventos y actividades de impacto y no nos preocupamos
del impacto de nuestras actitudes?
Si algo va a afectar a la gente no serán los
eventos, las actividades o los programas, los actos,
sino nuestra forma de vida, nuestro proceder...nuestras
actitudes. Si por alguna razón las personas van
a creer este mensaje será más que nada
por ver y comprobar la manera que este mensaje nos afectó
y nos trasformó a nosotros mismos.
Las actitudes de alguna forma, revelan lo que tú
piensas de los demás. Aunque con tu boca digas
algo distinto. Tu actitud lo define todo. No alcanza
que digas que amas, debes reflejarlo con actitudes coincidentes.
No basta con que digas que necesitas a alguien, debes
hacerlo sentir valioso. Hay quienes dicen tener valores
altos, pero sus actitudes dicen que en realidad tienen
valores bajos. Hay quienes se dicen «hijos de
Dios» pero ante diversos problemas tienen actitudes
más bien de «hijos del diablo». La
vieja diferencia entre lo que digo que soy y lo que
demuestro.
LOS ACTOS PROFETICOS
En los últimos años se ha popularizado
la realización de «actos proféticos».
He participado en muchos de ellos. Por ejemplo para
confesar los pecados de la ciudad, para tomar un lugar
para Dios, para quebrar maldiciones sobre una nación,
etc. Son actos fuertes a nivel espiritual.
Son momentos intensos de oración
y clamor. Son actos que influyen en el mundo espiritual.
No obstante ello, he comprobado que nuestras actitudes
no son coherentes con nuestros actos. Si hay una victoria
en el mundo espiritual y toda verdad es paralela, o
sea que tendría que haber una victoria en el
mundo material. Pero a veces no la hay porque nosotros
mismos somos el impedimento.
Quiero ser claro. Si en un acto profético reclamamos
una ciudad para Cristo y luego no vamos a ella a hacer
evangelismo nada va a pasar. Si un grupo de pastores
proclama un pueblo para Cristo y luego se pelean entre
si o nunca oran juntos, tampoco va a pasar nada. Si
yo me paro en el edificio más alto de la ciudad
y en un acto profético la consagro para Dios
y luego bajo y no me junto con nadie, no tengo relación
con otros colegas, no sé pedir ni recibir perdón
¿cómo puedo creer que esa ciudad quedó
consagrada para Dios?
Lo que consagra a las ciudades no son los actos
sino las actitudes.
Los actos proféticos son importantes y producen
victoria en el mundo espiritual, pero esa victoria no
se hará realidad en el mundo material a menos
que hagamos lo que debemos hacer. ¿Qué
debemos hacer? Salir y predicar el evangelio por todas
partes, amar al hermano, perdonar y ser perdonado, ayudar
al que necesita ayuda...hacer como Jesús, que
vivía lo que predicaba y predicaba lo que vivía.
La lucha más tonta y sin sentido es entre los
que creen que los actos proféticos traen resultado
y los que creen que los actos proféticos no traen
resultado. Sí que traen resultados por que dice
la Biblia que «nuestra lucha no es contra sangre
y carne» o sea contra personas, sino contra «huestes
espirituales de maldad». Pero hacer «guerra
espiritual» y después quedarse de brazos
cruzados es lo más inútil que podemos
hacer. Después de un acto profético deberíamos
preguntarle al Señor ¿y ahora qué
tengo que hacer para asegurar esta victoria?
VIVIR LO QUE PREDICAMOS
Oí decir al pastor Larry Lea «Después
de tantos años ya no me impresionan los sermones,
me impresionan las vidas».
Cuando la iglesia primitiva comenzó su dinámica
expansión en la sociedad judía del primer
siglo, lo que más impactaba a la gente era cómo
vivían y se relacionaban los cristianos. Al punto
de que por ello, muchos querían integrarse.
Los cristianos del siglo veintiuno tenemos que cambiar
de mentalidad y pedir los frutos del Espíritu
para manifestarlos, no dentro de las cuatro paredes
del templo sino afuera, en las calles, entre y con la
gente. Desarrollar actitudes genuinas, del corazón,
que afecten positivamente a una sociedad descreída
y decepcionada de todo. Nadie puede robarle a los cristianos
las banderas de la bondad, la compasión, la justicia,
la misericordia y el amor.
Levantemos el nombre de Cristo no con actos solamente
sino con actitudes también. Actitudes que sanen,
que restauren, que animen, que en definitiva glorifiquen
al Dios al que decimos servir. En definitiva y al final,
la Biblia dice que seremos juzgados por nuestras relaciones
no por nuestras habilidades.
CONCLUSION
Un amigo suele decir que los creyentes somos la sal
de la tierra, una de las cosas que hace la sal en las
comidas, además de dar sabor, es dar sed. Así
también cuando los creyentes son sal en la tierra,
provocan sed en las personas de saber por qué
son así. Es una sed de Dios, ellos quiere saber
qué tenemos, qué nos hace diferentes.
Cuando lo descubren lo quieren también.
Cuando lleguemos ante él, Jesús dirá
“cuando estuve enfermo me visitaste, cuando tuve
sed me diste de beber, cuando estuve desnudo me cubriste…entra
en el reino” El juzgará no lo que sabemos
o lo que dijimos, sino lo que hicimos en favor de los
demás.
Actitudes y no sólo actos.