Parte1/2
En
este versículo la venganza de Dios amenazaba a los israelitas
impíos e incrédulos, que eran el pueblo visible de Dios,
y quienes vivieron bajo los medios de la gracia; pero
quienes no obstante todas los obras maravillosas de Dios
para con ellos, permanecieron (como dice el v.28) desprovistos
de consejos, no teniendo entendimiento en ellos.
"A su tiempo
su pie resbalará"
(Deuteronomio 32:35).
De todos
los cultivos del cielo, sacaron a luz frutos amargos y
venenosos; como en los dos versículos que preceden al
texto. -La expresión que he escogido para mi texto, A
su tiempo su pie resbalará, parece indicar las siguientes
cosas con respecto al castigo y destrucción a que están
expuestos estos impíos israelitas.
Estuvieron siempre
expuestos a destrucción; como alguien que permanece o
camina en lugares resbaladizos está siempre expuesto a
la caída. Esto está implicado en la manera de su destrucción
cuando viene hacia ellos, estando representada por sus
pies resbalando. Lo mismo es expresado en el Salmo 73:18.
"Ciertamente los has puesto en deslizaderos; en asolamientos
los harás caer."
Implica que estuvieron
siempre expuestos a una rápida destrucción repentina.
Como el que camina en lugares resbaladizos está expuesto
en cada momento a caer, no puede predecir si al siguiente
momento permanecerá de pie o caerá; y cuando cae, cae
de sopetón sin advertencia, lo cual está también expresado
en el Sal. 73:18-19. "Ciertamente los has puesto en deslizaderos;
en asolamientos los harás caer. ¡Cómo han sido asolados
de repente!"
Otra cosa implicada
es, que están expuestos a caer por ellos mismos, sin ser
arrojados a tierra por la mano de otro; como aquel que
camina en suelo resbaladizo no necesita otra cosa que
su propio peso para caer al suelo.
La razón por la
que no han caído todavía, ni caen ahora, es solamente
porque el tiempo señalado por Dios no ha llegado. Porque
se dice que cuando ese esperado tiempo, o momento señalado
llegue, sus pies resbalarán. Luego se dejarán caer, de
la manera en que están inclinados a ello por su propio
peso. Dios no los sostendrá ya más en estos lugares resbaladizos,
sino que los dejará ir; y luego, en ese mismo instante
caerán en destrucción; como aquel que se encuentra en
suelos inclinados y resbaladizos, o en el orilla de un
abismo, que no puede mantenerse firme por sí solo; cuando
se deja sin apoyo inmediatamente cae y se pierde.
La observación
de estas palabras en las que voy a insistir ahora es ésta:
"No hay otra cosa que mantenga a los hombres impíos fuera
del infierno en todo momento que el mero agrado de Dios."
Por el mero agrado de Dios quiero expresar su placer soberano,
su voluntad arbitraria, no restringida por ninguna obligación,
ni impedida por ninguna dificultad, ni ninguna otra cosa;
como si la pura voluntad de Dios no tuviera ni un momento,
en el menor grado, o en ningún otro aspecto, ningún lugar
en la preservación de los impíos. La verdad de esta observación
aparece al considerar lo siguiente:
Dios no desea en
ningún instante hacer muestra de su poder arrojando a
los impíos en el infierno. Las manos de los hombres no
pueden ser fuertes cuando Dios se levanta; el más fuerte
no tiene poder para resistirle, ni puede librarse de sus
manos. El no sólo es capaz de arrojar a los impíos al
infierno, sino que puede hacerlo fácilmente. Algunas veces
un príncipe terrenal se encuentra con la dificultad de
sujetar a un rebelde que ha encontrado medios para fortificarse
a sí mismo, y se ha hecho fuerte por el número de sus
seguidores. Pero no es así con Dios. No hay Fortaleza
que sea defensa contra el poder de Dios.
Aunque mano se
una con mano, y una vasta multitud de los enemigos de
Dios se combinen y asocien, son fácilmente quebrados en
pedazos. Son como grandes montones de paja ligera ante
el torbellino; o grandes cantidades de rastrojo seco ante
llamas devoradoras. Encontramos fácil pisotear y aplastar
un gusano que vemos arrastrarse en la tierra; también
es fácil para nosotros cortar o chamuscar un hilo delgado
que agarre cualquier cosa; y así es fácil para Dios, cuando
le place, arrojar a sus enemigos al infierno. ¿Qué somos
nosotros para que permanezcamos de pie frente a El, ante
cuya reprensión la tierra tiembla, y las rocas son arrojadas?
Ellos merecen ser
arrojados al infierno; de manera que si la justicia divina
se encuentra en el camino, no hay objeción eficaz contra
el uso del poder de Dios para destruirlos. Antes, por
el contrario, la justicia clama fuertemente por un castigo
infinito de sus pecados. La justicia divina dice del árbol
que da a luz las uvas de Sodoma, "córtalo, ¿para qué inutiliza
también la tierra?" (Luc. 13:7). La espada de la justicia
divina está en cada momento blandeada sobre sus cabezas,
y no es otra cosa que la misericordia arbitraria y la
pura voluntad de Dios que la detiene.
Ellos ya están
bajo una sentencia de condenación al infierno. No sólo
merecen justamente ser arrojados allí, sino que la sentencia
de la ley de Dios, esa regla eterna e inmutable de justicia
que Dios ha fijado entre El y la humanidad, ha ido en
su contra, y permanece en su contra; de manera que ya
están dispuestos para el infierno. "El que no cree, ya
ha sido condenado" (Juan 3:18). De modo que cada inconverso
pertenece propiamente al infierno; ese es su lugar; de
allí es él. "Vosotros sois de abajo" (Juan 8:23), y allí
estáis atados; es el lugar que la justicia, la palabra
de Dios, y la sentencia de su ley inmutable les han asignado.
Ellos ahora son
los objetos de ese mismo enojo e ira de Dios que es expresada
en los tormentos del infierno. Y la razón por la que no
bajan al infierno en cualquier momento, no es porque Dios,
en cuyo poder están, no está entonces muy enojado con
ellos, como lo está con muchas criaturas miserables que
ahora están siendo atormentadas en el infierno, y allí
sienten y experimentan el furor de su ira. Si, Dios está
más enojado con otros tantos que ahora están en la tierra;
sí, sin duda lo está con muchos que están ahora en esta
congregación, con quienes está airado con más facilidad
que con muchos de los que se encuentran ahora en las llamas
del infierno.
Pero no es porque
Dios se haya olvidado de su impiedad ni se resienta por
ello la razón por la que no desata su mano y los corta.
Dios no es en conjunto como uno de ellos, para ellos su
condenación no se duerme; el abismo está preparado, el
fuego ya está listo, el horno esta caliente, listo para
recibirlos; las llamas se inflaman y arden. La espada
resplandeciente está afilada y se sostiene sobre ellos,
y el abismo ha abierto su boca bajo ellos.
El diablo esta
listo para caer sobre ellos y asirlos para sí; momento
que Dios permitirá. Ellos le pertenecen; él tiene sus
almas en su posesión y bajo su dominio. La Escritura los
representa como sus buenas dádivas (Luc.11:13). Los demonios
los vigilan; siempre están a su diestra por ellos; permanecen
esperando por ellos como leones hambrientos y codiciosos
que ven su presa y esperan tenerla, pero por el momento
se retienen. Si Dios retirara su mano, por la cual ellos
son restringidos, volarían sobre sus pobres almas. La
serpiente antigua los mira con asombro; el infierno abre
su amplia boca para recibirlos; y si Dios lo permitiera
serían apresuradamente tragados y se perderían.
En las almas de
los impíos reinan principios infernales que están actualmente
encendidos y llameando en el infierno de fuego si no fuera
por las restricciones de Dios. En la naturaleza de cada
hombre carnal está colocado un fundamento para los tormentos
del infierno. Hay esos principios corrompidos reinando
y en plena posesión de ellos, que son la semilla del infierno
de fuego. Estos principios son activos y poderosos, excesivos
y violentos en su naturaleza, y si no fuera por la mano
restringida de Dios pronto estallarían y se inflamarían
de la misma manera que lo harían las corrupciones y enemistad
en los corazones de las almas condenadas, y engendrarían
los mismos tormentos que crean en ellos.
Las almas de los
impíos son comparadas en la Escritura al mar en tempestad
(Isa. 57:20). Por el momento, Dios restringe su impiedad
por medio de su gran poder, de la misma manera en que
hace con las coléricas ondas del mar turbulento, diciendo,
"hasta aquí llegarás y no pasarás;" pero si Dios retirara
ese poder restringido, rápidamente se llevaría todo por
delante. El pecado es la ruina y la miseria del alma;
es destructiva en su naturaleza; y si Dios lo dejara sin
restricción no faltaría nada para hacer al alma algo perfectamente
miserable. La corrupción del corazón del hombre es inmoderada
e ilimitada en su furia; y mientras el impío vive aquí
es como un fuego contenido por las restricciones de Dios,
que si fuera dejado en libertad atacaría con fuego el
curso de la naturaleza; y ya que el corazón es ahora un
montón de pecado, de no ser restringido, inmediatamente
convertiría el alma en un horno ardiente, o en un horno
de fuego y azufre.
No es seguridad
para los impíos el que en ningún momento haya medios visibles
de la muerte a la mano. No es seguridad para un hombre
natural el que está ahora en salud ni el que no vea ninguna
manera en la que pueda ahora partir inmediatamente de
este mundo por algún accidente, ni el que no haya ningún
peligro visible en ningún aspecto en sus circunstancias.
La experiencia múltiple y continua del mundo en todas
las edades muestra que no hay evidencia de que un hombre
no está al borde de la eternidad, y de que el próximo
paso no sea en otro mundo. Lo invisible, el olvido de
modos y medios por los que las personas salen súbitamente
del mundo son innumerables e inconcebibles.
Los hombres inconversos
caminan sobre el abismo del infierno en una cubierta podrida,
y hay innumerables lugares tan débiles en esta cubierta
que no pueden soportar su peso; lugares que además no
se ven a simple vista. Las flechas de la muerte vuelan
a mediodía sin ser vistas; la vista más aguda no las puede
discernir. Dios tiene tantas maneras diferentes e inescrutables
de tomar al impío fuera del mundo y enviarlo al infierno,
que no hay nada que haga parecer que Dios tuviera necesidad
de estar a expensas de un milagro, o salirse fuera del
curso de su providencia, para destruir al impío en cualquier
instante. Todos los medios por los que los impíos parten
del mundo están de tal manera en las manos de Dios, y
tan universal y absolutamente sujetos a su poder y determinación,
que no depende sino de la pura voluntad de Dios el que
los pecadores vayan en cualquier momento al infierno,
el que los medios nunca sean usados o estén involucrados
en el caso.
La prudencia y
el cuidado de los hombres naturales para preservar sus
propias vidas, o el cuidado de otros para preservarlos
a ellos, no les brinda seguridad en ningún momento. De
esto dan testimonio la providencia divina y la experiencia
universal. Hay la clara evidencia de que la propia sabiduría
de los hombres no es seguridad para ellos cuando están
frente a la muerte; si fuera de otra manera veríamos alguna
diferencia entre los hombres sabios y políticos y los
demás con respecto a su propensión a una muerte temprana
e inesperada; pero ¿cómo es esto en los hechos? "También
morirá el sabio como el necio" (Ecl.2:16).
Todas las luchas
y maquinaciones que los hombres impíos usan para escapar
del infierno, mientras continúan rechazando a Cristo,
permaneciendo así como impíos, no les libra del infierno
en ningún momento. Casi todo hombre natural que oye del
infierno se adula a sí mismo de que escapará; depende
de sí mismo para su seguridad; se elogia a si mismo en
lo que ha hecho, en lo que está haciendo, o en lo que
intenta hacer. Cada quien dispone cosas en su mente sobre
cómo evitará la condenación, y se engaña a si mismo planeando
su propio bien, y pensando que sus esquemas no fallarán.
Ellos oyen sin embargo que son pocos los que se salvan,
y que la mayor parte de los hombres que han muerto hasta
ahora han ido al infierno; pero cada quien se imagina
que planea mejores cosas para su escape que lo que otros
han hecho. El no pretende ir a ese lugar de tormento;
dice dentro de si que intenta tomar un cuidado efectivo,
y ordenar las cosas de tal manera que no falle.
Pero los hijos
insensatos de los hombres se engañan miserablemente a
Si mismos en sus propios esquemas, y en confianza de su
propia fuerza y sabiduría; no confían en más que una mera
sombra. La mayoría de esos que hasta ahora han vivido
bajo los mismos medios de gracia y han muerto, han ido
indudablemente al infierno; la razón no es que ellos no
eran tan sabios como los que ahora están vivos; no fue
porque no planearon cosas que les aseguraran su escape.
Si pudiéramos hablar con ellos, y preguntarles, a uno
por uno, si ellos esperaban cuando estaban vivos y cuando
oían hablar acerca del infierno que serían objetos de
esa miseria, indudablemente escucharíamos uno por uno
contestar: "No, yo nunca pretendí venir aquí; había dispuesto
las cosas de otra manera en mi mente; pensé haber planeado
el bien para mi; proyecté un buen modelo. Intenté tomar
un cuidado eficaz; pero vino sobre mí inesperadamente.
No lo esperaba en ese momento y de esa manera; vino como
un ladrón. La muerte me burló. La ira de Dios fue demasiado
rápida para mi. 0h mi maldita insensatez! Me estaba engañando
y agradando con sueños vanos acerca de lo que yo haría
en el más allá; y cuando me encontraba diciendo, 'paz
y seguridad, 'vino sobre mi destrucción repentina."
Dios en ningún
momento se ha puesto bajo ninguna obligación por alguna
promesa que haya dado, de mantener al hombre natural fuera
del infierno. Ciertamente Dios no ha dado promesas acerca
de la vida eterna o de alguna liberación o preservación
de la muerte eterna, sino aquellas que están contenidas
en el pacto de gracia, las promesas son sí y Amén. Pero
seguramente aquellos que no son hijos del pacto, que no
creen en ninguna de las promesas, no tienen interés en
las promesas del pacto de gracia, y no tienen interés
en el Mediador del pacto.
De manera que,
aunque alguno haya tenido imaginaciones y pretensiones
acerca de promesas hechas a hombres naturales que buscan
con sinceridad, es claro y manifiesto que no importa los
dolores que un hombre natural sufra en la religión, ni
las oraciones que haga, hasta que no crea en Cristo, Dios
no está de ninguna manera bajo la obligación de librarlo
en ningún momento de la destrucción eterna.
De manera que así
es que los hombres naturales son regresados por la mano
de Dios sobre el abismo del infierno; han merecido el
fiero abismo, y ya están sentenciados a él; Dios ha sido
terriblemente provocado, su ira es tan grande hacia ellos
como la de aquellos que están actualmente sufriendo las
ejecuciones de la furia de su ira en el infierno, y no
han hecho nada en lo más mínimo para apaciguar o disminuir
ese enojo, ni está Dios atado en lo más mínimo a ninguna
promesa de perdonarlos en ningún momento.
El diablo
está esperando por ellos, el infierno está abierto de
par en par para ellos, las llamas se reúnen y centellean
a su alrededor, los atraparán y tragarán; el fuego contenido
en sus corazones está luchando para estallar; y ellos
no tienen ningún interés en ningún mediador; no hay medios
al alcance que les puedan servir de seguridad. En resumen,
no tienen refugio, nada de que aferrarse; todo lo que
los preserva en todo instante es la pura voluntad y la
paciencia no obligada de un Dios encolerizado.