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"Y levanta del polvo al pobre. Y al menesteroso alza
del estiércol, para hacerles sentar con los príncipes,
con los príncipes de su pueblo." (Salmo 113:7,
8)
Este texto trata
especialmente de la obra de la gracia de Dios. En este caso
vemos mejor que en otro alguno la condescendencia infinita
de Dios en su trato con el hombre se vale de lo que es vil
para el mundo y de lo de ningún valor para reducir
a nada lo que se jacta de algo. Elige para sí mismo
lo que con desprecio desecha el mundo.
Cubre el tabernáculo
del testimonio con piel de foca, elige piedra tosca, sin
labrar como material para construir el ara, una zarza cual
candelabro para su manifestación ardiente y un pobre
pastorcillo de ovejas para ser el «hombre según su
corazón». Las personas y cosas que desprecian los
hombres son a menudo de gran estima a la vista de Dios.
Halla decenas de
millares que por su estado y dignidad merecen un estercolero
y les eleva llevándolos en sus potentes brazos de
misericordia, hasta sentarlos entre los príncipes
de su pueblo.
Con motivo del texto
fijémonos, pues, en dónde halla sus escogidos,
cómo les eleva y dónde les coloca.
1 Dónde
los halla
La expresión
del texto implica que se hallan en la categoría social
más baja. Muchos de los elegidos del Señor
no sólo se hallan entre los obreros, sino en las
filas de los más pobres hijos del trabajo. Hay personas
cuya penosa ocupación apenas produce lo bastante
para proporcionarles el alimento suficiente para mantener
el alma unida al cuerpo y, no obstante, llegan a poseer
pan espiritual en abundancia. Muchos visten miserablemente,
llevando remiendo sobre remiendo, mas a pesar de ello, ante
Dios, ni Salomón en el apogeo de su gloria, estaba
vestido como uno de ellos.
Algunas de las biografías
más hermosas contienen la vida y hechos de cristianos
elevados de la mayor miseria. Y ¿quién no ha contemplado
con el mayor placer a esas personas afligidas de diversas
calamidades, que han tenido que ir a parar en algún
asilo, a esos creyentes en Dios que comen de gracia el pan
cotidiano por carecer de fuerzas y de ocasión para
ganárselo con sus propias manos? Pobre oyente que
me escuchas esta mañana v te sientes casi indigno
de sentarte en uno de estos asientos del lugar del culto,
te suplico no te imagines que la pobreza sea un impedimento
de elevación a la categoría de príncipe
para con Dios. Todo lo contrario. La gloria del Evangelio
es que ha de ser predicado a los pobres.
Pero, evidentemente,
el texto tiene un sentido más espiritual. El estercolero
es un lugar donde se echan las cosas inútiles; las
cosas gastadas, ya inservibles para todo uso, se echan a
la basura. Acaso desde su primitivo y apropiado uso, se
les ha dado ya dos o tres anos, más o menos adecuados,
pero ahora sólo sirven de estorbo, y de consiguiente
se echan a la basura para que se lleve lejos.
¡Cuántas
veces los elegidos del Señor se han sentido semejantes
a tal desecho, inútiles para todo uso, dignos solamente
de ser tirados a la basura! Tú, querido amigo, tal
vez en este momento te reconoces tal nulidad. Esta apreciación
te causa tristeza, pero es, sin embargo, señal de
salud. Cuando nosotros nos tenemos en poco Dios nos tiene
en gran estima. Dios resiste al soberbio, pero da gracia
al humilde. «El no quebrará la caña cascada;
ni apagará la mecha que humea.» Aunque seas digno
tan sólo de ser echado a la basura, su misericordia
tierna te tendrá en cuenta y te elevará entre
los príncipes de su pueblo.
Quizás ofrezca
más consuelo tener presente que el estercolero es
el lugar de destino para las cosas inmundas y repugnantes.
De tales cosas acostumbramos a decir: «¡Fuera esa peste!»
Cuando una cosa entra en descomposición, procuramos
librarnos de ella en seguida. ¡Qué triste! Triste
es que tengamos que aplicar esto a alguno de nuestros semejantes,
pero es preciso hacerlo. ¡Oh amigo!, si el pecado te hace
sentir enfermo, la cabeza enferma, el corazón fatigado,
y si desde la cabeza hasta los pies te parece podrida llaga
y corrupción, todavía el amor del Señor
de gloria bajará hasta ti. Aun cuando al robo hayas
añadido el homicidio y al homicidio iniquidad, la
misericordia divina te busca y la sangre de Cristo aún
es capaz de limpiarte de toda vileza. Todo aquel que se
arrepiente y cree en El, queda justificado de todo aquello
de que la ley de Moisés no le podría justificar.
El pecado es un mal
horroroso, un veneno fatal; sin embargo, y aun cuando hubiere
penetrado en tu alma y en tu cuerpo hasta hacerte repugnante,
moral y físicamente, la gracia infinita de Dios,
manifestada en Cristo Jesús, es capaz de levantarte
de tanto embrutecimiento y degradación v constituirte
en glorioso trofeo de su gracia.
II. Cómo
el Señor lo efectúa
Cuando el culpable,
inútil y desgraciado pecador oye que Cristo Jesús
vino al mundo a buscar y salvar lo perdido esa pobre alma
dirige la vista hacia El, como diciendo: «Señor,
tú eres mi último recurso. Si tú no
me salvas, estoy perdido para siempre; de ti depende en
absoluto mi salvación, porque yo no puedo ayudarme;
no puedo añadir ni siquiera un hilo a la tela del
vestido de tu justicia. Si tú no has completado la
obra de salvación, no tengo nada para agregar a ella.
Si tú no has pagado del todo el precio del rescate,
no tengo ni un céntimo para completarlo. Señor,
estoy ahogándome, me hundo, a ti me acojo; sálvame
por tu amor y misericordia. »
Toda mi esperanza
en ti descansa.
Llegando el alma
a este punto, ya está fuera del estercolero. Desde
el momento en que el pecador se abandona así a la
misericordia divina, cesa de ser pecador perdido. Dios borra
de una plumada, como si dijéramos, sus culpas. Ya
no se halla culpable en su presencia, sino justificado por
la sangre de Cristo. Es salvado por gracia, mediante la
fe, no por obras: es don de Dios. Ya puede levantarse de
su arrepentimiento en saco y ceniza, cantando un nuevo cántico
en honor del Cordero inmolado que le redimió, no
con oro y plata, sino con su preciosa sangre. Así
por el don de su Hijo unigénito aceptado por el perdido,
Dios eleva a sus elegidos de su estado de perdición
y ruina, haciéndoles ver y sentir que están
sobre el estercolero y que no pueden librarse de la miseria
ellos mismos.
Todo cristiano presente
en esta congregación, cualquiera que haya sido su
vida anterior, se halla perfecto a la vista de Dios, mediante
la obra de Jesús. La justicia inmaculada de Dios
le es atribuida mediante la fe, de suerte que se halla «acepto
en el Amado». Los hijos de Dios salvados del estercolero
disfrutan de la seguridad completa de la salvación.
Están seguros de que están a salvo, pudiendo
decir con Job: «Sé que mi Redentor vive.» No dudan
de si son hijos de Dios o no, porque el Espíritu
rinde testimonio a su espíritu que son hijos de Dios,
nacidos de arriba. Cristo es su hermano mayor. Dios es su
Padre y les rige el espíritu filial, mediante el
cual dicen: «Abba Padre.» Están convencidos de que
«ni la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo porvenir,
ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura podrá
apartarles del amor de Dios que es en Cristo Jesús,
su Señor». Pregunto a cada uno de vosotros, de corazón
entendido, si esto no es estar entre los príncipes
de su pueblo.
Los hijos de Dios,
favorecidos por la gracia divina, tienen el privilegio de
tener comunión con Cristo Jesús. Como Enoc,
andamos con Dios. Como una criatura anda con su padre llevada
de su mano, mirándole el rostro, así los elegidos
de Dios andan con su Padre celestial, del modo más
íntimo, familiar y confiado, hablándole, explicándole
sus tristeza, escuchando de su boca de gracia los secretos
de su amor. La comunión con Jesús es cosa
de más precio que el diamante más precioso
de cualquier diadema imperial, de más precio que
la corona más hermosa que vista el primer rey de
la tierra.
Pero no es esto todo.
Los creyentes son favorecidos con la gracia santificadora
del Espíritu Santo. Dios, el Espíritu, mora
en el cristiano verdadero por humilde que sea entre los
hombres: es un templo ambulante en el que reside la divinidad.
El Espíritu de Dios mora en nosotros y nosotros en
él. Y este Espíritu santifica diariamente
la vida y obra del cristiano, de manera que todo lo hace
como para Dios; si vive, vive para Dios; si muere, le es
ganancia. Queridos, en verdad es estar sentado entre príncipes
el experimentar la influencia santificadora del Espíritu
del Señor.
Además, muchos
santos reciben, por añadidura, la bendición
de ser útiles y hacemos hincapié en esto especialmente
porque de linaje real es todo hombre positivamente útil
a sus semejantes. No creáis que exagero; hablo la
pura verdad: es príncipe verdadero quien hace bien
a sus semejantes. Ser capaz de sembrar perlas sacándolas
de la boca puede constituir a uno príncipe de cuento
de hadas; pero si los labios son bendición para las
almas de los hombres llevándoles al Salvador, esto
es ser príncipe de verdad. Alimentar al hambriento,
vestir al desnudo, levantar al caído, enseñar
al ignorante, animar a los tristes, fortalecer a los vacilantes
y conducir a los creyentes al trono de Dios, esto, hermanos,
es andar revestido de un brillo que cordones y estrellas,
órdenes y condecoraciones, jamás pueden conferir
al hombre.
Aún más;
el mundo tiene la idea de que somos gente sin dicha. Los
escritores nos pintan a los caballeros andantes cual personas
animosas, valientes y llenas de gozo y entusiasmo, mientras
que los pobres puritanos eran gente desdichada, detestando
los días festivos, aborreciendo los juegos y entretenimientos
lícitos, caritristes y miserables, siendo una lástima
que bajaran al infierno porque ya lo tenían en esta
vida. Esto es falso; absolutamente falso, o por lo menos
caricatura grosera. El regocijo de los caballeros no era
más que chisporroteo de espinas bajo la olla; pero
en los pechos de los puritanos moraba un gozo profundo e
inagotable.
Pero sea como fuese,
lo positivo es que nosotros que confiamos en Jesús
somos la gente más bienaventurada y feliz del mundo;
y esto no naturalmente, porque algunos de nosotros somos
melancólicos por naturaleza; no siempre circunstancialmente,
porque algunos de nosotros somos extremadamente pobres;
pero en nuestro interior somos verdadera y positivamente
felices, y podéis creerlo, el gozo de nuestro corazón
no puede ser aventajado por ningún otro. Ni por el
doble del oro que hay en todas las Indias mentiría
en este caso: si hubiera de morir como un perro mañana,
no cambiaría mi lugar con hombre alguno debajo del
cielo en lo que toca a gozo y paz del alma, porque el ser
cristiano y saberlo, disfrutar de este hecho, conocer la
elección y comprender el glorioso llamamiento de
Dios, esto proporciona más bienaventuranza, paz y
gozo, en diez mi-nutos, que el que se halla cien años
en las moradas del pecado.
Así que, leyendo
en el texto que «nos hace sentar con los príncipes»,
no pienso tanto en la figura retórica que, como todas,
cojea; porque Dios nos coloca muy por encima de todos los
príncipes terrestres, y si no fuera por lo que sigue,
sería mejor prescindir de la figura; pero esto lo
explica: «príncipes de su pueblo»> es decir,
príncipes de otra sangre; grandes de otro reino.
Entre los tales hace Dios morar a los suyos.
III. Dónde
los hace sentar
«Entre los príncipes.»
Ya hemos indicado la idea, pero vamos a fijarnos en otro
aspecto del caso. «Entre príncipes» es el lugar de
sociedad escogida. No se admite a cualquier en tal círculo
distinguido. Entre tales aristócratas no debe meterse
el plebeyo. Sangre azul circula por sus finas venas y no
se puede esperar que el carmesí común se permita
avivar la corriente lánguida. Pero ¿el verdadero
cristiano? Pues éste también vive en sociedad
muy distinguida. Oigamos: «Nuestra comunión verdaderamente
es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (Juan 1:3). ¡Hablar
de sociedad selecta! Ninguna hay más distinguida
que ésta. Somos «linaje escogido, real sacerdocio,
gente santa.» No nos liemos llegado al monte de Sinaí,
sino al monte de Sión v a la ciudad del Dios vivo,
Jerusalén la celeste, y a la compañía
de muchos millares de ángeles, y a la congregación
de los primogénitos que están alistados en
los cielos (Hebreos 12:18-24). Esta es la sociedad escogida.
Por otra parte, aunque
los soberanos tengan sus días y sus horas de audiencia,
el príncipe será recibido mientras el pueblo
ha de mantenerse a distancia. Así también
en lo espiritual, el hijo de Dios tiene acceso libre al
trono del cielo a toda hora. Nuestros privilegios son de
la mayor importancia. «Porque por él los unos y los
otros tenemos entrada por un mismo espíritu al Padre.»
«Lleguémonos, pues, confiadamente, al trono de la
gracia -dice el apóstol- para alcanzar misericordia
y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16).
Tal es nuestra sociedad elegida, tal nuestro privilegio
de palacio y de trono.
Se supone que entre
los príncipes hay riqueza abundante. Pero, ¿qué
y cuál es la riqueza de los príncipes de la
tierra comparada con la de los creyentes? Pues, «todo es
vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios». El que
aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó
por todos nosotros, ¿cómo no os dará también
con Él todas las cosas?
Los príncipes
tienen también poder especial. El príncipe
ejerce influencia; maneja el cetro en sus dominios. Y así,
nosotros, somos hechos «reyes y sacerdotes para Dios y reinaremos
para siempre jamás». No somos reyes de tal o cual
dominio de triple corona, y no obstante tenemos triple dominio:
reinamos sobre el espíritu, alma y cuerpo. Reinamos
sobre el reino unido del tiempo y de la eternidad: reinaremos
en el venidero, para siempre jamás.
Los príncipes
disfrutan de honor especial. Las masas desean ver al príncipe
y se deleitarían en servirle. Se le concede el primer
puesto en el reino: es de sangre real y es preciso que se
le estime y respete. Queridos, oigamos la Palabra: «Y juntamente
nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos
con Cristo Jesús», de modo que como participamos
de su cruz participaremos de sus honores.
Pablo fue arrebatado
del estercolero de la persecución y no obstante no
es inferior a nadie en la gloria; y tú aun cuando
fueras el primero de los pecadores, no tendrás más
mala suerte cuando venga el Señor en su gloria. Pero
como te redimió con su sangre y te honró en
la tierra, así te honrará en el estado futuro,
haciéndote sentar consigo y reinar entre los príncipes
de su pueblo para siempre jamás. ¡Bendiga Dios estas
palabras por amor de Jesús! Amén.
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