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Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer
aún, para que el amor con que me has amado, esté
en ellos, y yo en ellos (Juan 1 7:26).
El amor en lo que
podríamos considerar como la tercera faz, es un amor
que va más allá de¡ que se menciona tanto
en el viejo como en el nuevo mandamiento. Este amor es el
que reina entre los miembros de la Trinidad.
¿Es posible imaginarse
el amor que existe entre la Trinidad? ¿Puede pensar cómo
el Padre ama al Hijo? ¿De qué modo el Hijo ama al
Padre? ¿Cómo el Espíritu Santo ama al Hijo?
¿De qué manera el Espíritu ama al Padre? ¿Cómo
el ,Padre ama al Espíritu? ¿De que manera el Hijo
ama al Espíritu? Realmente es algo que nuestras mentes
finitas no pueden explicárselo.
El amor que reina
entre ellos no tiene fin, es amor, eterno. Es el amor de
seres que han alcanzado la madurez. Es la clase de amor
que da por descontado que nunca surgirán desavenencias
entre ellos. En las páginas de¡ Antiguo Testamento
leemos cómo el Padre hizo milagros y señales;
levantó muertos y sanó enfermos. Luego vino
el Hijo a la tierra e hizo lo mismo. El Padre no dio muestras
de celos sino que se mostró complacido (Mateo 17:5).
Luego de¡ ascenso de Jesús descendió el Espíritu
Santo y también hizo lo mismo. Seguía existiendo
una total unidad. El amor que existe entre el Padre, el
Hijo y el Espíritu es de una madurez tan grande que
nada les ofende.
Es este amor que
existe entre ellos que hace que los tres sean uno. Dos,
más amor eterno, suman uno. Tres, más amor
eterno, hacen uno. Cuatro, más amor eterno, también
equivalen a uno.
Y cien cristianos,
más amor eterno, también son uno. En esta
matemática divina con cualquier número siempre
se obtiene el mismo resultado.
En la oración
que Jesús elevó al Padre poco antes de su
arresto, pidió para que ese amor que existía
entre ellos pudiera también reinar entre sus seguidores,
es decir, entre nosotros.
Recuerdo una ocasión
cuando niño que el maestro de la Escuela Dominical
en una lección nos explicó cómo nosotros
estamos en Cristo. Lo comprendí perfectamente.
Pero otro domingo
nos habló de que Cristo está en nosotros.
Yo le dije: -Me parece que está equivocado. Si nosotros
estamos en Cristo, ¿cómo puede ser que Cristo esté
en nosotros al mismo tiempo? Si una cosa está dentro
de otra, la más grande no puede estar metida dentro
de la más pequeña al mismo tiempo.
Ahora esto ya no
es más un enigma para mi. Si yo estoy en el corazón
de mi hermano y él está en mi corazón,
ambos estamos uno en el otro. El amor hace que seamos uno.
Es obvio que hoy
día no somos uno. Nos hemos dividido en muchos grupos;
Metodistas, Presbiterianos, Pentecostales de diversas extracciones,
Nazarenos, Salvacionistas, Episcopales, Hermanos Libres,
Bautistas de distintos grupos y muchos otros.
Y ahora Dios ha comenzado
a volvernos a agrupar. Sin embargo El no se vale de las
divisiones hechas por nosotros. El tiene solamente dos grupos:
los que se aman unos a otros y los que no se aman.
Por lo tanto si usted
me pregunta: -Hermano Orti'z, ¿de qué grupo es usted?
- Soy del grupo de los que se aman unos a otros, -yo le
voy a responder.
Podríamos
definir de ese modo la diferencia que existe entre las ovejas
y los cabritos a que se refirió Jesús y que
leemos en el capítulo 25 de Mateo. En Argentina hay
muchísimas ovejas y es interesante ver qué
pasa cuando se quiere hacer marchar un rebaño de
ovejas. Todas van en la misma dirección, se hacen
un cuerpo.
Pero si se quisiera
hacer lo mismo con las cabras, sería imposible. Mientras
andan se van dando cornadas unas a otras.
Es por ello que resulta
fácil distinguir entre una oveja y una cabra. No
hace falta el don de interpretación o discernimiento
o nada por el estilo. Es suficiente hablar con la persona
por uno o dos minutos para saberlo. Si topa, es una cabra.
Sí ama, es una oveja.
¿Cómo separó
Jesús a las ovejas de los cabritos? Lo hizo en base
a la forma en que ' habían actuado: si habían
dado agua a los sedientos, comida a los hambrientos, si
habían visitado a los enfermos y a los que estaban
en la cárcel y demás. A los que habían
demostrado amor a sus hermanos les dijo: "Benditos de mi
Padre" (versículo 34). A los otros en cambio no los
llamó benditos sino todo lo contrario. Estos eran
"malditos" (versículo 41).
Note que Dios está
haciendo algo más que volver a agrupar a su pueblo.
Lo está uniendo. Y lo voy a ilustrar con algo que
-todos conocernos: las papas. Cada planta de papas tiene
tres, cuatro o cinco tubérculos. Y cada tubérculo
pertenece a una u otra planta.
Llegado el momento
de la cosecha, la persona encargada de la recolección
hace un pozo en la tierra, las saca y las va poniendo en
una bolsa. Podríamos decir que las está agrupando.
Puede que estas papas muy alborozadas exclamen: - ¡Gloria
al Señor, ¡ahora todas estamos en una misma bolsa!-
Pero aunque estén todas en un mismo saco, aún
no son una.
Llega el momento
en que el ama de casa las compra. Ella las lava y las pela.
Las papas piensan que ahora sí están más
unidas. - ¡Qué maravilloso es este amor que existe
entre nosotras!
Eso no es todo. Luego
de mondadas son cortadas en trozos y mezcladas unas con
otras. Para entonces han perdido bastante de su identidad.
Lo cierto es que piensan que ya están listas para
el Maestro.
Pero lo que Dios
quiere es puré de papas. No muchas papas sueltas,
sino puré de papas. Cuando son reducidas a puré
ninguna podrá levantarse y exclamar: -Miren, ¡ésta
soy Yo!- La palabra tiene que ser nosotros. Es por
esa razón que el Padre nuestro comienza con estas
palabras: "Padre nuestro que estás en los
cielos..... De lo contrario diría "Padre mío
que estás en los cielos...
Con la mayor reverencia
quiero decirle que el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo son tres papas hechas puré. Jesús tiene
hambre. Ansía puré de papas. Lo va a tener.
Ya está haciendo cosas muy profundas en el seno de
su Iglesia.
¿'Quiere que le diga
algo? Dentro de poco, si empezamos a amarnos con este grado
de madurez, la palabra hermano no tendrá cabida
en nuestro vocabulario. Como estamos ahora tenemos que ¡¡amarnos
hermanos porque no vivimos como hermanos. En mi casa me
llamaban Flaco. Nadie tenia que probar nada llamándome
hermano Juan Carlos; todos sabían que yo era hermano
de ellos.
En la iglesia decimos
Pastor Fernández o hermano Ortíz porque no
tenemos relación. Queremos aparentar que sí,
pero en realidad es no.
Recuerdo la vez que
me encontraba de visita en una iglesia tradicional y el
Pastor dijo: -Señor González, ¿podría
guiarnos en una oración? Yo pensé para mis
adentros: "¡Qué mundanos son! Ni siquiera
dicen hermano González" '
Pero después
comprendí que la relación entre los "señores"
en aquella iglesia era la misma que la que existía
entre los "hermanos" en mi congregación. Con las
palabras lo único que conseguimos es engañarnos
a nosotros mismos.
Toda vez que hablemos
respecto de¡ amor debemos tener presente sus dos dimensiones:
la mística y la pragmática. El místico
dice: -Oh, mi hermano, cuanto amorrrr siento por
ti, -en tanto que el otro pregunta-: Hermano, ¿qué
es lo que te hace falta?
Hace algún
tiempo estuve en una convención en la Provincia de
Córdoba y cuando llegó el momento de celebrar
la Cena del Señor los hermanos que tenían
a su cargo la reunión dijeron: -Hoy no vamos a predicar.
Vamos a reservar ese tiempo para la Cena del Señor.
Hemos comprado unos diez kilos de pan. La Biblia no especifica
de qué tamaño tienen ser los trozos de pan
a servir, por lo tanto vamos a entregar un pan a un grupo
de cuatro para que lo compartan entre sí como quieran.
Por espacio de más
de una hora estuvimos al¡( en el gran salón comiendo
pan. Nos abrazábamos, llorábamos y después
de un rato comenzó a compartiese el dinero con los
que no tenian; era el amor expresado en aquella Cena del
Señor que suplía necesidades prácticas.
El amor es un mandamiento.
El amor es el oxígeno del Reino. El amor es vida.
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