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¿Por qué nos quiere Dios?
Dr. Juan Carlos Ortíz 

A muchos de nosotros nos resulta muy difícil amar a otra gente. Pero el amor es un mandamiento para el cristiano. No se trata de una opción, sino de una orden. Jesús dijo: "Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros" (Juan 13:34).

Una de las razones por las cuales tenemos esa dificultad para amar a otros, es porque no conocemos realmente la profundidad del amor de Dios por nosotros.

De manera que vamos a echar un vistazo a cómo Dios nos ama. Cuando descubramos esto, aprenderemos a querernos unos a otros. Nosotros hemos de amar con la misma clase de amor que él nos tiene.

Ha muchos pasajes de las Escrituras a los que podríamos acudir con objeto de comprender el amor de Dios por nosotros; pero quiero utilizar uno que ha sido de gran significado para mi propia vida. Se trata de Colosenses 2:13, 14.

"Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz".

¿Sabe cuándo empezó Dios a amarle a usted? Estando muerto -¡vaya momento para comenzar! La fase más impotente y falta de atractivo de la vida de un ser humano, es cuando exhala ese terrible hedor. Además, no sólo estábamos muertos, sino muertos en nuestros pecados. De modo que no se trata del cuadro de una persona acostada en un bonito ataúd y envuelta en seda; antes bien del de un cadáver en el fango, tendido en medio de toda la inmundicia.

Pero aun cuando éramos tan poco atractivos, Dios nos quiso. El no amó a personas de aspecto agradable a la vista que llevaban la Biblia bajo el brazo y una grabadora "cassette" en la mano, sino a cuerpos muertos en toda su suciedad.

Una vez me pregunté a mí mismo: "¿Por qué nos quiere Dios?" Muchas personas se han quedado perplejas ante esta pregunta. Ahora yo creo entender la razón. Es porque él nos hizo y somos sus hijos. Si usted tiene niños, dígame: ¿Son perfectos? ¿No desobedecen ninguna vez? ¿Están siempre limpios y aseados? Claro que no.

¿Entonces por qué los quiere?

Porque son sus hijos. En ocasiones hacen algunas cosas que están muy mal; pero usted todavía los ama --tiran la leche en la alfombra, escriben en las paredes, lloran por la noche, se portan mal cuando hay visita... sin embargo, los quiere de todas formas.

No hay ningún misterio en lo concerniente a su amor por ellos: los ama porque no puede hacer otra cosa sino amarlos. Así que no se sorprenda de que Dios le quiera a usted. Usted le pertenece; y a pesar de todo, él le ama.

Cuando entiende que Dios le ama exactamente como es, uno empieza a relajarse. El saber que se le acepta y se le ama tal cual es, hace desaparecer toda la tensión de su relación con él.

Así es como hemos de amarnos unos a otros; simplemente como somos. No deberíamos amar a alguien porque es bueno, correcto o simpático, sino sencillamente porque somos hermanos.

Dios nos ama porque él nos hizo y le pertenecemos. Nosotros deberíamos querernos unos a otros simplemente- porque somos personas, no debido a unas determinadas cualidades deseables. Si Dios tuviera en cuenta nuestro comportamiento, nuestras obras, nuestras doctrinas, etc., ¡nos odiaría! Pero él nos ama porque somos sus criaturas, y todos hermanos y hermanas en la misma familia creada.

También nos quiere porque él nos dio vida. Si usted tuviese un hijo o una hija, y éste o ésta muriera, ¿le resucitaría si pudiese hacerlo? Claro que sí. Entonces no se maraville de que Dios lo hiciera; porque él tenía poder para ello. Cuando estábamos muertos, él nos dio vida ya que somos sus hijos.

¿Se enfada usted algunas vez con sus niños? La mayoría de nosotros lo hacemos.

También Dios se enoja con nosotros. En cierta ocasión, su enfado llegó a tal extremo que envió un diluvio para que se llevara a la mayoría de sus hijos; arrepintiéndose de haberlos creado.

He visto suceder lo mismo con algunos padres después de que sus retoños fueran apresados por la policía debido a que estaban tomando drogas y robando para poder pagarse su vicio. Les he oído decir: "¡Ojalá que nunca hubiese tenido hijos!" Pero más tarde ven a éstos bajo otra luz, y ya no se arrepienten de haberlos traído al mundo. Lo mismo pasa con Dios.

Otro día, Dios mandó un segundo- diluvio, el cual resolvió el problema que tenía con sus hijos de una vez por todas.

Ese segundo diluvio fue la sangre que brotó de Jesús en la cruz. El plan de Dios consistió en poner a todo el mundo sobre esa cruz, en Cristo. Tanto es así, que Pablo expresa: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo" (Gálatas 2:20). Y otra vez, en 2 Corintios 5:14: "Uno murió por todos, luego todos murieron".

Jesús no murió por Sí mismo, ya que él no necesitaba morir y nacer de nuevo; no precisaba ser salvado. Cristo no tenía pecados por los cuales pagar, ya que nació y vivió sin pecado. Vino al mundo de una virgen, para que el pecado de Adán no le afectara; así podía ser el Cordero de Dios sin mancha. De haber sido él mismo un pecador, no hubiese podido pagar por nuestros pecados: su muerte fue por nosotros, no por su propia persona.

La cruz era una forma de ejecución corriente en aquel entonces; los romanos mataban en cruces a decenas de millares de individuos. Muchos de ellos morían inocentemente, como mártires. La diferencia que hubo con la muerte de Jesús, fue que desde el punto de vista del Padre no era realmente su Hijo quien estaba muriendo allí, sino usted y yo. Por esa razón Dios volvió la espalda a su propio Hijo; porque se había identificado con la totalidad de la raza humana, convirtiéndose en el pecado personificado. El que no tenía pecado, fue hecho pecado por nosotros.

Jesús tomó voluntariamente nuestro lugar, llevando sobre sí la condición humana pecaminosa. A los ojos de Dios era culpable, aunque en su persona fuese inocente.

Es de gran importancia que comprendamos esto; ya que si mira usted a la cruz y ve allí a Jesús colgado, con el cuero cabelludo atravesado por espinas y chorreando sangre, y dice: "¡Pobre Jesús!", estará contemplando sólo a un mártir. Pero si fija su vista en dicha cruz, y ve pendiendo de ella lo que Dios puso allí, se descubrirá a sí mismo. Cuando esto sucede, Jesús llega a ser su Salvador.

¡Usted era el problema con el que Dios quería terminar! Y esta vez nadie se quedó fuera; ni siquiera Noé. Desde el primer ser humano del huerto del Edén, hasta la última persona que todavía no ha nacido, todos fuimos puestos en esa cruz. Usted y yo aún no habíamos venido al mundo, pero nos encontrábamos en la misma: porque aquella cruz abarca a toda la raza humana caída. Este es el segundo diluvio en el que Dios acabó con toda la gente.

Cuando Jesús dijo: "Consumado es", quería dar a entender que Juan Carlos Ortiz había terminado. Ese era mi problema: Juan Carlos Ortiz; pero Dios acabó con el mismo matándome en aquella cruz. ¡Y también puso fin al mayor problema de usted!

Pero no sólo estábamos en Cristo cuando murió, sino igualmente cuando resucitó. Eso es lo que representa nuestro bautismo.

La dificultad reside en que muchos de nosotros no entendemos el significado del bautismo, y algunas veces intentamos producir una experiencia emocional del mismo porque pensamos que hemos de sentir algo para nacer de nuevo. Incluso ciertos predicadores tratan de crear la clase de atmósfera que estimule nuestras emociones hasta el punto de hacernos llorar, creyendo que eso supone una evidencia de nuestro nuevo nacimiento.

Pero tal cosa es completamente errónea. De hecho, yo prefiero una persona nacida de nuevo con los ojos secos, a otra que los tiene húmedos; ya que aquella que no se emociona tanto, quizás comprenda mejor lo que le ha sucedido.

Nuestro bautismo declara que creemos que, cuando Jesús murió, nosotros también fuimos crucificados y sepultados con él. Cristo experimentó asimismo la resurrección. En nuestro caso no necesitamos pasar por la crucifixión, el entierro y la resurrección; sino sólo creer en lo que ya sucedió en él.

Si Dios lo dice, yo lo creo; no necesitamos buscar sentimientos. Cuando aquellos que basan su fe en las emociones, no las tienen, quizás tampoco tengan dicha fe; pero si su creencia está fundada sobre los hechos, éstos nunca cambian.

Usted no dice: "Hoy siento que Washington fue el primer presidente de los Estados Unidos". El hecho de la presidencia no tiene que ver nada en absoluto con los sentimientos de usted.

Tampoco expresa: "Siento que hoy es martes". Lo sienta usted o no, es así.

El basar nuestra fe en los sentimientos es construir sobre un cimiento de arena poco estable; sin embargo, el fundarla en los hechos de lo que Dios dice que nos ha sucedido en Cristo, supone edificar sobre una base sólida que jamás se moverá.

Desde el punto de vista de Dios, hemos sido puestos en la cruz: estamos en Cristo.

Pablo expresa esto de un modo muy sencillo, cuando en Romanos 5 describe a los padres de dos razas distintas: Adán, cabeza de la especie humana física, y Cristo, el segundo Adán, primer representante de una nueva raza. En Adán, eventualmente venimos a ser pecadores; en Jesús, todos somos constituidos justos.

Toda la raza humana estaba incluida en Adán; y de igual manera, aquellos que creen en Cristo, en su totalidad, se encuentran comprendidos en Jesús.

Desde el mismísimo primer ser humano que anduvo sobre la tierra, hasta el último que haya de vivir jamás, todos vendrán a ser pecadores a causa de Adán; siendo asimismo constituidos justos gracias a Cristo. Las Escrituras dicen que cuando Jesús murió, descendió a las profundidades de la tierra y predicó a aquellos que vivieron antes de la cruz; lo cual significa que ésta fue válida para toda la raza humana. Pero personalmente debemos de creer en la cruz y apropiarnos de la efectividad de la misma.

Por el pecado de Adán, vengo a ser pecador; pero gracias a la justicia de Jesús se me constituye justo mediante la fe.

"Cuando estábamos muertos, nos dio vida" -un hombre muerto no puede ayudarse a sí mismo.

Una de las primeras cosas que un niño aprende es a decir: ¡No!" Nacemos con la tendencia a pecar. Somos pecadores desde el día que endosamos el pecado de Adán pecando nosotros mismos. Dios es el único que sabe cuando es que pasamos de la inocente infancia a una desobediencia consciente. Pero la Biblia declara: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (2 Corintios 5:17).

Cuando creemos en Cristo llegamos a formar parte de una nueva humanidad -lo que él llevó a cabo en su muerte y su resurrección se convierte en realidad para nosotros simplemente con creer-; en ese mismo instante empezamos otra vez la vida: nuestra vieja persona ha muerto y una nueva ha nacido.

Pero veamos lo que significa esa muerte.

En el pasaje de Colosenses que estamos considerando, Pablo sigue diciendo: "Perdonándoos todos los pecados". ¿Cuántos pecados? ¡Todos!

¿Sabe usted lo que eso significa? El todos de Dios es diferente al suyo y al mío. Si yo le digo a alguien: "Hermano, le perdono todo lo que hizo contra mí", aunque no lo exprese, se entiende que ese perdón abarca todo cuanto sé. Si al día siguiente descubro otra cosa terrible, vuelvo a desafiarle: "¿Y qué me dice de esto también?"

Cuando Dios dice "todos", él conoce la totalidad de las cosas, y ese "todos" es mayor que el nuestro. El sabe cada detalle de los pecados que hemos cometido en nuestra vida muchísimo mejor que nosotros mismos.

También es evidente que cuando yo digo: "Te perdono todo", quiero dar a entender todo hasta el momento presente. Pero, de ahora en adelante... ándate con ojo! Mientras que en el caso de Dios, él conoce el futuro. Cuando nos salvó, sabía el problema en que se estaba metiendo; conocía todo lo referente a nosotros desde el comienzo hasta el fin de nuestras vidas.

Dios es un ser eterno; y para alguien eterno no hay pasado ni futuro.

Como nosotros estamos limitados, tenemos pasado y futuro al igual que presente. Pero Dios lo ve todo en presente, y por esa razón puede tomar algo que va a suceder dentro de mil años y mostrárselo a usted en una visión o por medio de una profecía.

El no necesita esperar hasta el final del año para hacer un balance de sus negocios como usted y yo; puede realizar su contabilidad antes de que empiece el año. Dios sabe todo de antemano -de antemano para usted y para mí, ya que para él no existe la antelación: Dios no vive en términos de días y noches; y para él mil años son como un día. Einstein expresó que si pudiésemos viajar a la velocidad de la luz nos sería posible vivir continuamente en el presente. Pero Dios es el Padre de la luz, el Creador de ella, quien dijo: "Sea la luz". El vive en otra dimensión en la que el tiempo no cuenta.

Naturalmente, Dios es el único que vive en el presente. Nosotros no conocemos ese presente: sólo tenemos pasado y futuro. El perfecto presente no existe para nosotros. Cuando yo expreso: "Estoy en el presente", al decir la palabra "presente", ésta ya es pasado. Cuando profiero: "... sente", "pre. . ." pertenece al e pretérito. A fin de gozar de un perfecto presente necesitaríamos detener el tiempo; y en la dimensión en la cual vivimos, no podemos hacerlo. De manera que el presente es prerrogativa de Dios. Para Dios no hay futuro. Su nombre es: "Yo soy", lo cual habla por sí solo del eterno presente. También Jesús dijo: "Antes que Abraham fuese, yo soy".

Ya que nosotros vivimos en la dimensión del tiempo, argumentaríamos: -Señor, no sabes gramática; deberías decir: "Antes que Abraham fuese, Yo era".

-No, caballero: Yo soy.

-Pero "antes que Abraham fuese" es pasado; así que lo correcto sería decir: "Yo era".

-¿Qué quieres decir con "pasado"?

¿Entiende? Para Dios no existe el tiempo. Todo es perfecto presente. También por eso dijo Jesús: "Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". No expresó: "Yo estaré con vosotros"; sino: "Yo estoy".

La Biblia nos presenta sentados en los lugares celestiales.

-Señor, vaya equivocación -proferimos-. Quieres decir que estaremos sentados", en el futuro, porque todavía no lo estamos.

-No, quiero decir que están sentados, presente.

También se habla de nosotros como predestinados, llamados y justificados -con lo cual nos es posible estar de acuerdo-; pero luego se añade: "Glorificados".

-¿Glorificados? No, todavía no. . . -Sí, ahora; glorificados.

-¿Cómo puedes decir eso, Señor?

Dios vive en el reino eterno, del cual nosotros no somos conscientes en nuestro estado natural. Pero dicho reino es más verídico que el mundo "real" que nos rodea.

Cuando morimos, perdemos nuestra consciencia presente del tiempo y del espacio, y entramos en la dimensión de Dios. En esa dimensión, Jesús es el Cordero de Dios ofrecido antes de la fundación del mundo, ya que para él no hay otro tiempo sino el perfecto presente.

¿Cree usted de veras que Jesús le quitó sus pecados al morir en la cruz? Naturalmente. ¿Pero cómo pudo hacerlo si todavía no había usted nacido? ¿Cómo le fue posible pagar por pecados que ni siquiera había usted cometido?

Puesto que él vive en el presente, Dios conocía todos los pecados en los cuales usted caería antes de que eso sucediera en la dimensión del tiempo y del espacio: todos ellos. ¿Piensa acaso que uno de estos días puede cometer algún pecado que tome a Dios por sorpresa?

¿Le es posible imaginarse a Dios diciendo: "¡Qué horror, olvidé poner éste en la cruz!"?

No, eso no puede suceder; no es posible pillar desprevenido al

eterno "Yo Soy".

Si Dios le ha llamado, relájese; él sabía a quién llamaba; conocía todo acerca de usted, desde el principio de su vida hasta el fin de la misma; y él le perdonó todas sus transgresiones.

Cierto día recibí una revelación del significado de la palabra todos en mi propia vida.

Durante muchísimos años había sufrido de terribles jaquecas. ¿Sabe usted lo que es una jaqueca? Los que no las tienen lo desconocen -es algo así como cuando los solteros pretenden saber de qué manera criar hijos; aunque hayan aprendido acerca de esas cosas en la escuela, no saben lo que es-. Una jaqueca es algo horroroso.

Yo solía padecerlas dos o tres veces por semana. Empezaban aproximadamente a las 5:30 de la mañana como un pequeño dolor en mi frente que se extendía luego al área del ojo acompañado de síntomas de náusea, un pulso más rápido y desmayos frecuentes.

Había ocasiones en las cuales enloquecía; y no pudiendo permanecer encerrado en la oscuridad de mi habitación, salía y me desmayaba.

Tres veces me desvanecí en el púlpito, y tuvieron que llevarme al hospital.

No necesito decir que fui a los mejores médicos de la Argentina, Norteamérica y Europa. Contaba con amigos en la iglesia que eran doctores, y que hicieron cuanto pudieron por mí, mandándome por último a un siquiatra.

Dicho siquiatra me recetó valium, lo cual tomé por algún tiempo; hasta que decidí que no debía hacerlo más. Pero las jaquecas continuaron, empeorando cada vez más.

No mucho después de escribir el libro Discípulo, me encontraba en casa estudiando este pasaje de Colosenses 2 para mi beneficio personal, y dije: -Señor, ¿significa esto que me has perdonado aun por las cosas que todavía no he hecho? ¡Entonces eso quiere decir que me aceptas como soy!

Dios parecía contestarme: -Tú eres predicador; deberías saber esto.

En efecto, lo había predicado -yo era profesor de Romanos en nuestro seminario-; pero aunque sabía estas cosas en mi mente, todavía no me habían bajado al corazón. Comprendía, que tengo paz con Dios no por mi actuación, sino a través de Jesús; sin embargo, aún no había entendido que la única manera de conseguirla conmigo mismo era también por medio de él, y no a través de mis actos.

Aquel día, el Espíritu Santo siguió hablándome: -¿Sabes cuál es tu problema, Juan Carlos? Que no te has aceptado a ti mismo como eres.

-¡Espera un momento! -proferí- ¿Cómo puedo aceptarme a mí mismo como soy, conociéndome como me conozco? No me es posible hacerlo; en realidad estoy bastante preocupado por mi situación. Mi carácter deja mucho que desear... ¡No, no puedo aceptarme a mí mismo!-Si la sangre de Jesús mi Hijo es suficiente para mí -me desafió-, ¿quién eres tú para que no sea lo bastante buena para ti? ¿Eres tú mejor que yo?

El Señor pareció impacientarse un poco conmigo:

Entonces empecé a comprender que el ser aceptado no tenía nada que ver con la actuación; fuese lo malo que fuese, la sangre de Jesús bastaba. Además, si Dios me había perdonado y aceptado como era, mejor haría en aceptarme yo también.

-¿Sabes, Juan Carlos? -siguió diciendo el Señor- te conozco mejor que tú mismo; de hecho eres peor de lo que crees. Pero te he aceptado, no por tu actuación, sino a causa de la sangre de Jesús. Aunque sé todas tus injusticias, te las he perdonado sin excepción; hasta el día mismo de tu muerte. A menos que te perdones a ti mismo todos tus agravios -no sólo algunos, sino todos-; y te prometas que siempre vas a seguir haciéndolo, nunca encontrarás la paz contigo mismo.

¿Sabe usted de dónde viene la paz interior? De aceptarse a uno mismo. ¿Entiende por qué tenemos problemas con la gente que nos rodea? Dichos problemas son un reflejo de las dificultades que experimentamos en nuestro interior; y tales dificultades, a su vez, son causadas por la falta de fe en que nuestro problema con Dios ,está resuelto completamente y para siempre.

Con cuánta verdad dice el himno: "Mi fe está edificada sobre la sangre y la justicia de Cristo; todo otro terreno es arena movediza". Ya no me fijo más en mi actuación, sino en aquello que Dios mira: la sangre de Jesús.

Aquel día me dije a mí mismo: "Juan Ortiz, perdóname por lo rudo que he sido contigo. Te he golpeado; y a veces hasta odiado. He sido semejante a un masoquista, tratando siempre de condenarte. No es extraño que experimentaras depresión e insomnio. Pero ahora te pido perdón. Juan Carlos, te perdono todo lo pasado, presente e incluso futuro. Estás completamente perdonado".

Así que di un abrazo a Juan Carlos, nos fuimos a la cama, y muy pronto estábamos dormidos.

Tres semanas más tarde me dije: "¿Dónde han ido a parar mis jaquecas?" ¡Han pasado varios años y no he vuelto a tener ninguna! Al hacer las paces conmigo mismo, se acabaron por completo.

¿Sabe usted por qué a veces no recibimos sanidad? Porque no tratamos la causa: que es nuestra falta de paz. Yo había ido a médicos, pero también a muchos predicadores de sanidad por la fe. A cada uno con quien entraba en contacto, le pedía que orara por mí. Entre ellos había algunos grandes nombres; pero nada sucedía.

Imagínese que tiene usted un clavo en el zapato, el cual le está haciendo daño en el pie, y que va por ahí cojeando con mucho dolor y pidiendo a todo el mundo: "¡Por favor, hermano, ore por mi pie!" Y aunque lo hacen uno tras otro, nada ocurre. ¿Cuál es la respuesta? Tiene usted que sacarse el clavo. ¿Verdad que es sencillo?

No en vano dice la Biblia: "El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados". Nuestra salud se ve directamente afectada por la sensación interior de paz que tenemos. ¡Jesús nos quita el clavo del zapato!

Ni las muchas oraciones, ni las muchas visitas al médico, podían curarme. Mi problema era una falta de aceptación de mí mismo; así que el mismo día que esto se subsanó, mis jaquecas terminaron. Me perdoné todas mis ofensas del mismo modo que Dios me había perdonado. Y al hallar la paz, hallé asimismo la sanidad.


 
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