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A muchos de nosotros nos resulta muy difícil
amar a otra gente. Pero el amor es un mandamiento para el
cristiano. No se trata de una opción, sino de una
orden. Jesús dijo: "Un mandamiento nuevo os doy:
Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que
también os améis unos a otros" (Juan 13:34).
Una de las razones
por las cuales tenemos esa dificultad para amar a otros,
es porque no conocemos realmente la profundidad del amor
de Dios por nosotros.
De manera que vamos
a echar un vistazo a cómo Dios nos ama. Cuando descubramos
esto, aprenderemos a querernos unos a otros. Nosotros hemos
de amar con la misma clase de amor que él nos tiene.
Ha muchos pasajes
de las Escrituras a los que podríamos acudir con
objeto de comprender el amor de Dios por nosotros; pero
quiero utilizar uno que ha sido de gran significado para
mi propia vida. Se trata de Colosenses 2:13, 14.
"Y a vosotros, estando
muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra
carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos
todos los pecados, anulando el acta de los decretos que
había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola
de en medio y clavándola en la cruz".
¿Sabe cuándo
empezó Dios a amarle a usted? Estando muerto -¡vaya
momento para comenzar! La fase más impotente y falta
de atractivo de la vida de un ser humano, es cuando exhala
ese terrible hedor. Además, no sólo estábamos
muertos, sino muertos en nuestros pecados. De modo que no
se trata del cuadro de una persona acostada en un bonito
ataúd y envuelta en seda; antes bien del de un cadáver
en el fango, tendido en medio de toda la inmundicia.
Pero aun cuando éramos
tan poco atractivos, Dios nos quiso. El no amó a
personas de aspecto agradable a la vista que llevaban la
Biblia bajo el brazo y una grabadora "cassette" en la mano,
sino a cuerpos muertos en toda su suciedad.
Una vez me pregunté
a mí mismo: "¿Por qué nos quiere Dios?" Muchas
personas se han quedado perplejas ante esta pregunta. Ahora
yo creo entender la razón. Es porque él
nos hizo y somos sus hijos. Si usted tiene niños,
dígame: ¿Son perfectos? ¿No desobedecen ninguna vez?
¿Están siempre limpios y aseados? Claro que no.
¿Entonces por qué
los quiere?
Porque son sus hijos.
En ocasiones hacen algunas cosas que están muy mal;
pero usted todavía los ama --tiran la leche en la
alfombra, escriben en las paredes, lloran por la noche,
se portan mal cuando hay visita... sin embargo, los quiere
de todas formas.
No hay ningún
misterio en lo concerniente a su amor por ellos: los ama
porque no puede hacer otra cosa sino amarlos. Así
que no se sorprenda de que Dios le quiera a usted. Usted
le pertenece; y a pesar de todo, él le ama.
Cuando entiende que
Dios le ama exactamente como es, uno empieza a relajarse.
El saber que se le acepta y se le ama tal cual es, hace
desaparecer toda la tensión de su relación
con él.
Así es como
hemos de amarnos unos a otros; simplemente como somos. No
deberíamos amar a alguien porque es bueno, correcto
o simpático, sino sencillamente porque somos hermanos.
Dios nos ama porque
él nos hizo y le pertenecemos. Nosotros deberíamos
querernos unos a otros simplemente- porque somos personas,
no debido a unas determinadas cualidades deseables. Si Dios
tuviera en cuenta nuestro comportamiento, nuestras obras,
nuestras doctrinas, etc., ¡nos odiaría! Pero él
nos ama porque somos sus criaturas, y todos hermanos y hermanas
en la misma familia creada.
También nos
quiere porque él nos dio vida. Si usted tuviese un
hijo o una hija, y éste o ésta muriera, ¿le
resucitaría si pudiese hacerlo? Claro que sí.
Entonces no se maraville de que Dios lo hiciera; porque
él tenía poder para ello. Cuando estábamos
muertos, él nos dio vida ya que somos sus hijos.
¿Se enfada usted
algunas vez con sus niños? La mayoría de nosotros
lo hacemos.
También Dios
se enoja con nosotros. En cierta ocasión, su enfado
llegó a tal extremo que envió un diluvio para
que se llevara a la mayoría de sus hijos; arrepintiéndose
de haberlos creado.
He visto suceder
lo mismo con algunos padres después de que sus retoños
fueran apresados por la policía debido a que estaban
tomando drogas y robando para poder pagarse su vicio. Les
he oído decir: "¡Ojalá que nunca hubiese tenido
hijos!" Pero más tarde ven a éstos bajo otra
luz, y ya no se arrepienten de haberlos traído al
mundo. Lo mismo pasa con Dios.
Otro día,
Dios mandó un segundo- diluvio, el cual resolvió
el problema que tenía con sus hijos de una vez por
todas.
Ese segundo diluvio
fue la sangre que brotó de Jesús en la cruz.
El plan de Dios consistió en poner a todo el mundo
sobre esa cruz, en Cristo. Tanto es así, que Pablo
expresa: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya
no vivo yo" (Gálatas 2:20). Y otra vez, en 2 Corintios
5:14: "Uno murió por todos, luego todos murieron".
Jesús no murió
por Sí mismo, ya que él no necesitaba morir
y nacer de nuevo; no precisaba ser salvado. Cristo no tenía
pecados por los cuales pagar, ya que nació y vivió
sin pecado. Vino al mundo de una virgen, para que el pecado
de Adán no le afectara; así podía ser
el Cordero de Dios sin mancha. De haber sido él mismo
un pecador, no hubiese podido pagar por nuestros pecados:
su muerte fue por nosotros, no por su propia persona.
La cruz era una forma
de ejecución corriente en aquel entonces; los romanos
mataban en cruces a decenas de millares de individuos. Muchos
de ellos morían inocentemente, como mártires.
La diferencia que hubo con la muerte de Jesús, fue
que desde el punto de vista del Padre no era realmente su
Hijo quien estaba muriendo allí, sino usted y yo.
Por esa razón Dios volvió la espalda a su
propio Hijo; porque se había identificado con la
totalidad de la raza humana, convirtiéndose en el
pecado personificado. El que no tenía pecado, fue
hecho pecado por nosotros.
Jesús tomó
voluntariamente nuestro lugar, llevando sobre sí
la condición humana pecaminosa. A los ojos de Dios
era culpable, aunque en su persona fuese inocente.
Es de gran importancia
que comprendamos esto; ya que si mira usted a la cruz y
ve allí a Jesús colgado, con el cuero cabelludo
atravesado por espinas y chorreando sangre, y dice: "¡Pobre
Jesús!", estará contemplando sólo a
un mártir. Pero si fija su vista en dicha cruz, y
ve pendiendo de ella lo que Dios puso allí, se descubrirá
a sí mismo. Cuando esto sucede, Jesús llega
a ser su Salvador.
¡Usted era el problema
con el que Dios quería terminar! Y esta vez nadie
se quedó fuera; ni siquiera Noé. Desde el
primer ser humano del huerto del Edén, hasta la última
persona que todavía no ha nacido, todos fuimos puestos
en esa cruz. Usted y yo aún no habíamos venido
al mundo, pero nos encontrábamos en la misma: porque
aquella cruz abarca a toda la raza humana caída.
Este es el segundo diluvio en el que Dios acabó con
toda la gente.
Cuando Jesús
dijo: "Consumado es", quería dar a entender que Juan
Carlos Ortiz había terminado. Ese era mi problema:
Juan Carlos Ortiz; pero Dios acabó con el mismo matándome
en aquella cruz. ¡Y también puso fin al mayor problema
de usted!
Pero no sólo
estábamos en Cristo cuando murió, sino igualmente
cuando resucitó. Eso es lo que representa nuestro
bautismo.
La dificultad reside
en que muchos de nosotros no entendemos el significado del
bautismo, y algunas veces intentamos producir una experiencia
emocional del mismo porque pensamos que hemos de sentir
algo para nacer de nuevo. Incluso ciertos predicadores tratan
de crear la clase de atmósfera que estimule nuestras
emociones hasta el punto de hacernos llorar, creyendo que
eso supone una evidencia de nuestro nuevo nacimiento.
Pero tal cosa es
completamente errónea. De hecho, yo prefiero una
persona nacida de nuevo con los ojos secos, a otra que los
tiene húmedos; ya que aquella que no se emociona
tanto, quizás comprenda mejor lo que le ha sucedido.
Nuestro bautismo
declara que creemos que, cuando Jesús murió,
nosotros también fuimos crucificados y sepultados
con él. Cristo experimentó asimismo la resurrección.
En nuestro caso no necesitamos pasar por la crucifixión,
el entierro y la resurrección; sino sólo creer
en lo que ya sucedió en él.
Si Dios lo dice,
yo lo creo; no necesitamos buscar sentimientos. Cuando aquellos
que basan su fe en las emociones, no las tienen, quizás
tampoco tengan dicha fe; pero si su creencia está
fundada sobre los hechos, éstos nunca cambian.
Usted no dice: "Hoy
siento que Washington fue el primer presidente de los Estados
Unidos". El hecho de la presidencia no tiene que ver nada
en absoluto con los sentimientos de usted.
Tampoco expresa:
"Siento que hoy es martes". Lo sienta usted o no, es así.
El basar nuestra
fe en los sentimientos es construir sobre un cimiento de
arena poco estable; sin embargo, el fundarla en los hechos
de lo que Dios dice que nos ha sucedido en Cristo, supone
edificar sobre una base sólida que jamás se
moverá.
Desde el punto de
vista de Dios, hemos sido puestos en la cruz: estamos en
Cristo.
Pablo expresa esto
de un modo muy sencillo, cuando en Romanos 5 describe a
los padres de dos razas distintas: Adán, cabeza de
la especie humana física, y Cristo, el segundo Adán,
primer representante de una nueva raza. En Adán,
eventualmente venimos a ser pecadores; en Jesús,
todos somos constituidos justos.
Toda la raza humana
estaba incluida en Adán; y de igual manera, aquellos
que creen en Cristo, en su totalidad, se encuentran comprendidos
en Jesús.
Desde el mismísimo
primer ser humano que anduvo sobre la tierra, hasta el último
que haya de vivir jamás, todos vendrán a ser
pecadores a causa de Adán; siendo asimismo constituidos
justos gracias a Cristo. Las Escrituras dicen que cuando
Jesús murió, descendió a las profundidades
de la tierra y predicó a aquellos que vivieron antes
de la cruz; lo cual significa que ésta fue válida
para toda la raza humana. Pero personalmente debemos de
creer en la cruz y apropiarnos de la efectividad de la misma.
Por el pecado de
Adán, vengo a ser pecador; pero gracias a la justicia
de Jesús se me constituye justo mediante la fe.
"Cuando estábamos
muertos, nos dio vida" -un hombre muerto no puede ayudarse
a sí mismo.
Una de las primeras
cosas que un niño aprende es a decir: ¡No!" Nacemos
con la tendencia a pecar. Somos pecadores desde el día
que endosamos el pecado de Adán pecando nosotros
mismos. Dios es el único que sabe cuando es que pasamos
de la inocente infancia a una desobediencia consciente.
Pero la Biblia declara: "De modo que si alguno está
en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron;
he aquí todas son hechas nuevas" (2 Corintios 5:17).
Cuando creemos en
Cristo llegamos a formar parte de una nueva humanidad -lo
que él llevó a cabo en su muerte y su resurrección
se convierte en realidad para nosotros simplemente con creer-;
en ese mismo instante empezamos otra vez la vida: nuestra
vieja persona ha muerto y una nueva ha nacido.
Pero veamos lo que
significa esa muerte.
En el pasaje de Colosenses
que estamos considerando, Pablo sigue diciendo: "Perdonándoos
todos los pecados". ¿Cuántos pecados? ¡Todos!
¿Sabe usted lo que
eso significa? El todos de Dios es diferente al suyo
y al mío. Si yo le digo a alguien: "Hermano, le perdono
todo lo que hizo contra mí", aunque no lo exprese,
se entiende que ese perdón abarca todo cuanto sé.
Si al día siguiente descubro otra cosa terrible,
vuelvo a desafiarle: "¿Y qué me dice de esto también?"
Cuando Dios dice
"todos", él conoce la totalidad de las cosas, y ese
"todos" es mayor que el nuestro. El sabe cada detalle de
los pecados que hemos cometido en nuestra vida muchísimo
mejor que nosotros mismos.
También es
evidente que cuando yo digo: "Te perdono todo", quiero dar
a entender todo hasta el momento presente. Pero, de ahora
en adelante... ándate con ojo! Mientras que en el
caso de Dios, él conoce el futuro. Cuando nos salvó,
sabía el problema en que se estaba metiendo; conocía
todo lo referente a nosotros desde el comienzo hasta el
fin de nuestras vidas.
Dios es un ser eterno;
y para alguien eterno no hay pasado ni futuro.
Como nosotros estamos
limitados, tenemos pasado y futuro al igual que presente.
Pero Dios lo ve todo en presente, y por esa razón
puede tomar algo que va a suceder dentro de mil años
y mostrárselo a usted en una visión o por
medio de una profecía.
El no necesita esperar
hasta el final del año para hacer un balance de sus
negocios como usted y yo; puede realizar su contabilidad
antes de que empiece el año. Dios sabe todo de antemano
-de antemano para usted y para mí, ya que para él
no existe la antelación: Dios no vive en términos
de días y noches; y para él mil años
son como un día. Einstein expresó que si pudiésemos
viajar a la velocidad de la luz nos sería posible
vivir continuamente en el presente. Pero Dios es el Padre
de la luz, el Creador de ella, quien dijo: "Sea la luz".
El vive en otra dimensión en la que el tiempo no
cuenta.
Naturalmente, Dios
es el único que vive en el presente. Nosotros no
conocemos ese presente: sólo tenemos pasado y futuro.
El perfecto presente no existe para nosotros. Cuando yo
expreso: "Estoy en el presente", al decir la palabra "presente",
ésta ya es pasado. Cuando profiero: "... sente",
"pre. . ." pertenece al e pretérito. A fin de gozar
de un perfecto presente necesitaríamos detener el
tiempo; y en la dimensión en la cual vivimos, no
podemos hacerlo. De manera que el presente es prerrogativa
de Dios. Para Dios no hay futuro. Su nombre es: "Yo soy",
lo cual habla por sí solo del eterno presente. También
Jesús dijo: "Antes que Abraham fuese, yo soy".
Ya que nosotros vivimos
en la dimensión del tiempo, argumentaríamos:
-Señor, no sabes gramática; deberías
decir: "Antes que Abraham fuese, Yo era".
-No, caballero: Yo
soy.
-Pero "antes que
Abraham fuese" es pasado; así que lo correcto sería
decir: "Yo era".
-¿Qué quieres
decir con "pasado"?
¿Entiende? Para Dios
no existe el tiempo. Todo es perfecto presente. También
por eso dijo Jesús: "Y he aquí yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo".
No expresó: "Yo estaré con vosotros"; sino:
"Yo estoy".
La Biblia nos presenta
sentados en los lugares celestiales.
-Señor, vaya
equivocación -proferimos-. Quieres decir que estaremos
sentados", en el futuro, porque todavía no lo estamos.
-No, quiero decir
que están sentados, presente.
También se
habla de nosotros como predestinados, llamados y justificados
-con lo cual nos es posible estar de acuerdo-; pero luego
se añade: "Glorificados".
-¿Glorificados? No,
todavía no. . . -Sí, ahora; glorificados.
-¿Cómo puedes
decir eso, Señor?
Dios vive en el reino
eterno, del cual nosotros no somos conscientes en nuestro
estado natural. Pero dicho reino es más verídico
que el mundo "real" que nos rodea.
Cuando morimos, perdemos
nuestra consciencia presente del tiempo y del espacio, y
entramos en la dimensión de Dios. En esa dimensión,
Jesús es el Cordero de Dios ofrecido antes de la
fundación del mundo, ya que para él no hay
otro tiempo sino el perfecto presente.
¿Cree usted de veras
que Jesús le quitó sus pecados al morir en
la cruz? Naturalmente. ¿Pero cómo pudo hacerlo si
todavía no había usted nacido? ¿Cómo
le fue posible pagar por pecados que ni siquiera había
usted cometido?
Puesto que él
vive en el presente, Dios conocía todos los pecados
en los cuales usted caería antes de que eso sucediera
en la dimensión del tiempo y del espacio: todos ellos.
¿Piensa acaso que uno de estos días puede cometer
algún pecado que tome a Dios por sorpresa?
¿Le es posible imaginarse
a Dios diciendo: "¡Qué horror, olvidé poner
éste en la cruz!"?
No, eso no puede
suceder; no es posible pillar desprevenido al
eterno "Yo Soy".
Si Dios le ha llamado,
relájese; él sabía a quién llamaba;
conocía todo acerca de usted, desde el principio
de su vida hasta el fin de la misma; y él le perdonó
todas sus transgresiones.
Cierto día
recibí una revelación del significado de la
palabra todos en mi propia vida.
Durante muchísimos
años había sufrido de terribles jaquecas.
¿Sabe usted lo que es una jaqueca? Los que no las tienen
lo desconocen -es algo así como cuando los solteros
pretenden saber de qué manera criar hijos; aunque
hayan aprendido acerca de esas cosas en la escuela, no saben
lo que es-. Una jaqueca es algo horroroso.
Yo solía padecerlas
dos o tres veces por semana. Empezaban aproximadamente a
las 5:30 de la mañana como un pequeño dolor
en mi frente que se extendía luego al área
del ojo acompañado de síntomas de náusea,
un pulso más rápido y desmayos frecuentes.
Había ocasiones
en las cuales enloquecía; y no pudiendo permanecer
encerrado en la oscuridad de mi habitación, salía
y me desmayaba.
Tres veces me desvanecí
en el púlpito, y tuvieron que llevarme al hospital.
No necesito decir
que fui a los mejores médicos de la Argentina, Norteamérica
y Europa. Contaba con amigos en la iglesia que eran doctores,
y que hicieron cuanto pudieron por mí, mandándome
por último a un siquiatra.
Dicho siquiatra me
recetó valium, lo cual tomé por algún
tiempo; hasta que decidí que no debía hacerlo
más. Pero las jaquecas continuaron, empeorando cada
vez más.
No mucho después
de escribir el libro Discípulo, me encontraba
en casa estudiando este pasaje de Colosenses 2 para mi beneficio
personal, y dije: -Señor, ¿significa esto que me
has perdonado aun por las cosas que todavía no he
hecho? ¡Entonces eso quiere decir que me aceptas como soy!
Dios parecía
contestarme: -Tú eres predicador; deberías
saber esto.
En efecto, lo había
predicado -yo era profesor de Romanos en nuestro seminario-;
pero aunque sabía estas cosas en mi mente, todavía
no me habían bajado al corazón. Comprendía,
que tengo paz con Dios no por mi actuación, sino
a través de Jesús; sin embargo, aún
no había entendido que la única manera de
conseguirla conmigo mismo era también por medio de
él, y no a través de mis actos.
Aquel día,
el Espíritu Santo siguió hablándome:
-¿Sabes cuál es tu problema, Juan Carlos? Que no
te has aceptado a ti mismo como eres.
-¡Espera un momento!
-proferí- ¿Cómo puedo aceptarme a mí
mismo como soy, conociéndome como me conozco? No
me es posible hacerlo; en realidad estoy bastante preocupado
por mi situación. Mi carácter deja mucho que
desear... ¡No, no puedo aceptarme a mí mismo!-Si
la sangre de Jesús mi Hijo es suficiente para mí
-me desafió-, ¿quién eres tú para que
no sea lo bastante buena para ti? ¿Eres tú mejor
que yo?
El Señor pareció
impacientarse un poco conmigo:
Entonces empecé
a comprender que el ser aceptado no tenía nada que
ver con la actuación; fuese lo malo que fuese, la
sangre de Jesús bastaba. Además, si Dios me
había perdonado y aceptado como era, mejor haría
en aceptarme yo también.
-¿Sabes, Juan Carlos?
-siguió diciendo el Señor- te conozco mejor
que tú mismo; de hecho eres peor de lo que crees.
Pero te he aceptado, no por tu actuación, sino a
causa de la sangre de Jesús. Aunque sé todas
tus injusticias, te las he perdonado sin excepción;
hasta el día mismo de tu muerte. A menos que te perdones
a ti mismo todos tus agravios -no sólo algunos, sino
todos-; y te prometas que siempre vas a seguir haciéndolo,
nunca encontrarás la paz contigo mismo.
¿Sabe usted de dónde
viene la paz interior? De aceptarse a uno mismo. ¿Entiende
por qué tenemos problemas con la gente que nos rodea?
Dichos problemas son un reflejo de las dificultades que
experimentamos en nuestro interior; y tales dificultades,
a su vez, son causadas por la falta de fe en que nuestro
problema con Dios ,está resuelto completamente y
para siempre.
Con cuánta
verdad dice el himno: "Mi fe está edificada sobre
la sangre y la justicia de Cristo; todo otro terreno es
arena movediza". Ya no me fijo más en mi actuación,
sino en aquello que Dios mira: la sangre de Jesús.
Aquel día
me dije a mí mismo: "Juan Ortiz, perdóname
por lo rudo que he sido contigo. Te he golpeado; y a veces
hasta odiado. He sido semejante a un masoquista, tratando
siempre de condenarte. No es extraño que experimentaras
depresión e insomnio. Pero ahora te pido perdón.
Juan Carlos, te perdono todo lo pasado, presente e incluso
futuro. Estás completamente perdonado".
Así que di
un abrazo a Juan Carlos, nos fuimos a la cama, y muy pronto
estábamos dormidos.
Tres semanas más
tarde me dije: "¿Dónde han ido a parar mis jaquecas?"
¡Han pasado varios años y no he vuelto a tener ninguna!
Al hacer las paces conmigo mismo, se acabaron por completo.
¿Sabe usted por qué
a veces no recibimos sanidad? Porque no tratamos la causa:
que es nuestra falta de paz. Yo había ido a médicos,
pero también a muchos predicadores de sanidad por
la fe. A cada uno con quien entraba en contacto, le pedía
que orara por mí. Entre ellos había algunos
grandes nombres; pero nada sucedía.
Imagínese
que tiene usted un clavo en el zapato, el cual le está
haciendo daño en el pie, y que va por ahí
cojeando con mucho dolor y pidiendo a todo el mundo: "¡Por
favor, hermano, ore por mi pie!" Y aunque lo hacen uno tras
otro, nada ocurre. ¿Cuál es la respuesta? Tiene usted
que sacarse el clavo. ¿Verdad que es sencillo?
No en vano dice la
Biblia: "El castigo de nuestra paz fue sobre él,
y por su llaga fuimos nosotros curados". Nuestra salud se
ve directamente afectada por la sensación interior
de paz que tenemos. ¡Jesús nos quita el clavo del
zapato!
Ni las muchas oraciones,
ni las muchas visitas al médico, podían curarme.
Mi problema era una falta de aceptación de mí
mismo; así que el mismo día que esto se subsanó,
mis jaquecas terminaron. Me perdoné todas mis ofensas
del mismo modo que Dios me había perdonado. Y al
hallar la paz, hallé asimismo la sanidad.
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