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¿Por qué me llamáis, Señor,
Señor, y no hacéis lo que yo digo? (Lucas
6:46). En nuestro idioma castellano ha surgido un interesante
problema en torno a la palabra "Señor". Al dirigirnos
a alguien lo hacemos diciéndole señor Pérez,
señor Fernández, y también a Jesús
lo llamamos Señor.
Esta falta de distinción
ha hecho que perdiéramos el verdadero concepto o
significado de la palabra "Señor". El hecho de que
a Jesús lo llamemos "Señor" no despierta en
nosotros ningún reconocimiento en cuanto al verdadero
significado de esa palabra.
Sin embargo esto
no sucede únicamente en los pueblos de habla hispana.
Lo mismo ocurre con los de habla inglesa, aun cuando empleen
dos palabras: mistery Lord; la primera la usan para las
personas y la última para dirigirse a Jesús.
Es posible que el concepto de Lord haya perdido su significado
a causa de¡ comportamiento poco encomiable de los lores
ingleses.
En la actualidad
la palabra Señor no tiene para nosotros el MISMO
significado que tuvo en los tiempos en que Jesús
vivió sobre la faz de la tierra. Entonces esta palabra
se usaba para referirse a la autoridad máxima, al
primero, al que estaba por encima de los demás, al
dueño de toda la creación. Los esclavos se
dirigían a sus amos utilizando la palabra griega
kirios ("señor") escrita en minúscula. Pero
si esta palabra estaba escrita en mayúscula, entonces
se refería a una sola persona en todo el Imperio
Romano. El César era el Señor. Más
aún, toda vez que algún funcionario del estado
o tal vez algún soldado se cruzaban por la calle
tenían que saludarse diciendo " ¡César es
el Señor!" Y la respuesta habitual era " ¡Sí,
César es el Señor!
Es así que
los cristianos en aquel entonces se veían confrontados
con un problema bastante difícil. Toda vez que alguien
los saludaba con las consabidas palabras - ¡César
es el Señor! -invariablemente su respuesta era-:
No, ¡Jesucristo es el Señor!-. Esto les creó
dificultades, no porque César tuviera celos de ese
nombre, sino que era algo que tenía raíces
más profundas. César no tenía la menor
duda respecto de lo que ello significaba para los cristianos;
estaban com. prometidos con otra autoridad. En sus vidas
Jesucristo pesaba más que el propio César.
Su actitud decía
bien a las claras: "César, tú puedes contar
con nosotros para ciertas cosas, pero cuando nos veamos
forzados a escoger, nos quedaremos con Jesús por
cuanto le hemos entregado nuestras vidas. El es el primero.
Es el Señor, la autoridad máxima para nosotros".
No es de extrañarse entonces que el César
hiciera perseguir a los cristianos.
El Evangelio que
tenemos en la Biblia es el Evangelio del Reino de Dios.
Allí encontramos a Jesús como el Rey, como
el Señor, como la autoridad máxima. Jesús
es el eje sobre el cual gira todo. El Evangelio del Reino
es un Evangelio que se centra en Jesucristo.
Sin embargo en estos
últimos siglos hemos venido prestando oídos
a otro Evangelio, uno centrado en el hombre un Evangelio
humanista; el Evangelio de las grandes ofertas, de las grandes
liquidaciones; el Evangelio de las colosales rebajas. Es
un Evangelio en que el pastor dice: "Señores, si
ustedes aceptan a Jesús" (ya en esto solamente hay
un problema por cuanto es Jesús que nos acepta a
nosotros y no nosotros quiénes lo aceptamos a El.
Hemos puesto al hombre en el lugar que legítimamente
le pertenece a Jesús Y por lo tanto ahora el hombre
ocupa un lugar muy importante) - Y el evangelista agrega:
"Pobre Jesús, está llamando a la puerta de
tu corazón. Por favor, ábrele. ¿Es que no
lo ves allí fuera tiritando de frío? Pobre
Jesús, ábrele la puerta". No es de extrañarse
entonces que los que están escuchando al evangelista
piensen que si se hacen cristianos le harán un favor
a Jesús.
Muchas veces hemos
dicho a la gente: "Si usted acepta a Jesús tendrá
gozo, paz, salud, prosperidad . . . Si le da cien pesos
a Jesús El le devolverá doscientos. . . "
Siempre apelamos a los intereses del hombre. Jesús
es el Salvador, el Sanador, el Rey que vendrá por
mí. Mí, yo, son el centro de nuestro Evangelio.
Las reuniones que
realizamos se centran alrededor del hombre. Hasta la misma
disposición del mobiliario, los bancos, el púlpito
son para el hombre. Cuando el pastor prepara su bosquejo
para el desarrollo de la reunión no piensa en Dios
sino en su audiencia. "Para el primer himno todos se pondrán
de pie, para el segundo estarán sentados para no
cansarse; después habrá un dúo para
cambiar un poco el ambiente, luego haremos alguna otra cosa
y todo cuanto Se hace tiene que tener cabida en una hora
para que la gente no se canse demasiado". ¿Dónde
está Cristo el Señor en todo esto?
Y con nuestros himnos
ocurre lo mismo. "Oh Cristo mío". "Cuenta tus bendiciones".
¡Y qué decir de nuestras oraciones! "Señor,
bendice mi hogar, bendice a mi esposo, bendice también
a mi gatito y al perro por amor de Jesús. Amén".
Esa oración no es por amor de Jesús sino por
¡amor a nosotros! Con frecuencia empleamos las palabras
apropiadas, con una actitud equivocada. Nos engañamos
a nosotros mismos.
Nuestro Evangelio
viene a ser como la lámpara de Aladino de las Mil
y una noches; pensamos que si lo frotamos recibiremos lo
que queremos. No es de extrañarse que Karl Marx llamara
a la religión el opio de los pueblos. Tal vez tuviera
razón, no era ningún tonto. Sabía que
nuestro Evangelio con frecuencia no es nada más ni
nada menos que una vía de escape para la gente.
Pero Jesucristo no
es un opio. El es el Señor. Usted debe venir y entregarse
a Jesús Y cumplir con sus demandas cuando El habla
como Señor.
Si nuestros dirigentes
hubieran sido amenazados por la Policía y el sumo
sacerdote tal como ocurrió con los apóstoles,
es posible que hubieran orado así: "Oh, Padre, ten
misericordia de nosotros. Ayúdanos, Señor.
Ten piedad de Pedro y de Juan. No permitas que los soldados
les hagan ningún mal. Por favor danos una vía
de escape. No permitas que suframos. Oh, Señor, mira
lo que nos están haciendo. ¡Deténlos, no dejes
que nos hagan daño!" Nosotros, nuestro, yo, mi.
Sin embargo cuando
leernos en el capítulo cuatro de los Hechos vemos
que ellos no oraron así. Fíjese cuántas
veces los apóstoles dijeron tú.
Y ellos, habiéndole
oído, alzaron unánimes la voz a Dios, Y dijeron:
Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste
el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay:
que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué
se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas?
Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes
se juntaron en uno contra el Señor y contra su Cristo.
Porque verdader,7mente se unieron en esta ciudad contra
tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio
Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer
cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado
que sucediera. Y ahora, Señor, mira sus amenazas,
y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra,
mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y
señales y prodigios mediante el nombre de tu santo
Hijo Jesús. Cuando hubieron orado, el lugar en que
estaban congregados tembló; y todos fueron llenos
del Espíritu Santo ... (versículos 24-31)
No se trata de un
problema de semántica sino que me estoy refiriendo
a un gran problema que tenemos en las iglesias respecto
de nuestra actitud. No es suficiente que usemos otro vocabulario;
debemos dejar que Dios tome nuestros cerebros, que los ¡ave
con detergente, que los cepille bien fuerte y que nos los
vuelva a colocar en una manera distinta de su posición
previa. Todo nuestro sistema de valores tiene que ser cambiado.
Somos como aquellas
personas de la Edad Media que creían que la tierra
era el centro del universo. Ellos estaban equivocados y
nosotros también. Pensamos que somos el centro del
universo y que tanto Dios como Jesucristo y los ángeles
giran alrededor nuestro. El cielo es nuestro, todo es para
nuestro provecho.
¡Cuán equivocados
estamos! Dios es el centro. Es necesario que nuestro centro
de gravedad cambie. El es el Sol y nosotros debemos girar
alrededor de El.
Pero es muy difícil
cambiar nuestro patrón de pensamientos. Aun nuestra
motivación para la evangelización se centra
en torno al hombre. Muchas fueron las ocasiones que escuché
decir mientras me encontraba estudiando en el Seminario:
-Queridos alumnos, ¡fíjense en las almas perdidas!
Esa pobre gente irremisiblemente va camino al infierno.
Cada minuto que pasa otras cinco mil ochocientas veinte
y dos personas y media se van al infierno. ¿No sienten lástima
de ellos? -Y nosotros llorábamos y decíamos-:
Pobre gente. ¡Vayamos a salvarla!- ¿Se da cuenta? Nuestra
motivación no era el amor a Jesús sino el
amor a las almas perdidas, que toda nuestra motivación
debe ser Cristo. No predicamos a las almas perdidas porque
están perdidas. Vamos para extender el Reino de Dios
porque así lo dice Dios y El es el Señor.
Nuestro Evangelio
en la actualidad es lo que yo llamo el Quinto Evangelio
-Tenemos los Evangelios según San Mateo, San Marcos,
San Lucas, el de San Juan y el Evangelio según los
Santos Evangélicos. Este Evangelio según los
Santos Evangélicos se basa en versículos entresacados
de aquí y de allá en los otros cuatro Evangelios.
Hacemos nuestros todos los versículos que nos gustan,
los que nos ofrecen o prometen algo, como Juan 3:16, Juan
5:24 y otros, y con esos versículos formamos una
Teología Sistemática en tanto que nos olvidamos
por completo de los otros versículos que nos confrontan
con las demandas de Jesucristo.
¿Quién nos
autorizó a hacer semejante cosa? ¿Quién dijo
que estamos autorizados para presentar solamente una faceta
de Jesús? Supóngase que se celebrara un matrimonio
y llegado el momento de pronunciar los votos el hombre dijera:
-Pastor, yo acepto a esta mujer como mi cocinera personal,
y también como mi lavaplatos personal.
No me cabe la menor
duda que la mujer diría:
- ¡Un momentito!
Sí, voy a cocinar, voy a lavar los platos, voy a
limpiar la casa, pero no soy una mucama. Voy a ser tu esposa.
Tú tienes que darme tu amor, tu corazón, tu
casa, tu talento, todo.
Y lo mismo es verdad
respecto de Jesús. El es nuestro Salvador y nuestro
Sanador, pero no Podemos cortarlo en pedazos y tomar solamente
aquellos que nos gustan más. A veces nos parecemos
a los niños cuando se les da una rebanada de pan
con mermelada; se comen la mermelada y vuelven a darnos
el pan. Entonces volvemos a poner más mermelada y
de nuevo se la comen y nos vuelven a dar el pan.
El Señor Jesús
es el Pan de Vida y tal vez el cielo sea como la mermelada.
Es necesario que comamos tanto el pan como la mermelada.
¿Qué le parece
que sucedería si en algún gran Congreso de
Teólogos se llegara a la conclusión de que
no hay ni cielo ni infierno? ¿Cuántas personas seguirían
asistiendo a la iglesia después de un anuncio de
esa naturaleza? La mayoría no volvería a poner
los pies en la iglesia. "Si no hay cielo, ni tampoco
infierno, ¿para qué venimos aquí?" Esas personas
van a la iglesia nada más que por la mermelada, es
decir por sus propios intereses, para ser sanados, para
escapar del infierno, para ir al cielo. Los tales son los
que siguen el Quinto Evangelio.
El día de
Pentecostés, después que Pedro concluyera
su sermón, dijo con toda claridad: "Sepa, pues, ciertísimamente
toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien
vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y
Cristo" (Hechos 2:36). Ese fue su tema.
Cuando los oyentes
comprendieron que Jesús era en realidad el Señor
"se compungieron de corazón" (versículo 37)
y preguntaron: "Varones hermanos, ¿qué haremos?"
La respuesta fue:
"Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros
en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados;
y recibiréis el don del Espíritu Santo" (versículo
38). En Romanos 10:9 encontramos resumido el Evangelio de
Pablo: "Si confesores con tu boca que Jesús es el
Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le
levantó de los muertos, serás salvo". El es
mucho más que Salvador, es el Señor.
Y ahora voy a darle
un ejemplo de lo que es el Quinto Evangelio. Lucas 12:32
dice: "No temáis, manada pequeña, porque a
vuestro Padre le ha placido daros el reino". Este es un
versículo muy conocido. Muchísimas veces prediqué
sobre ese texto.
Pero, ¿qué
me dice del versículo siguiente? "Vended lo que poseéis,
y dad limosna". jamás escuché ningún
sermón basado en este texto porque no está
en el Evangelio según los Santos Evangélicos.
El versículo 32 forma parte de nuestro Quinto Evangelio,
pero el 33 aunque es también un mandamiento de Jesús
lo ignoramos por completo.
Jesús nos
mandó no matar.
Jesús nos
mandó amar a nuestro prójimo.
Jesús nos
mandó vender nuestras posesiones y darlas a los necesitados.
¿Quién tiene
el derecho de decidir cuáles mandamientos son obligatorios
y cuáles son optativos? ¿Me comprende? El Quinto
Evangelio ha hecho algo extraño: ¡nos ha dado mandamientos
optativos! Si uno quiere los cumple y si no, es lo mismo.
Pero ese no es el
Evangelio del Reino.
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