| Ningún
cristiano jamás se ha sentido lejos de su alcance,
pero Dios sabe como librarnos de sus insinuaciones secretas
y perversas.
La palabra tentación
tiene un significado distinto para cada persona. Algunos
tienen problemas para controlar su lengua, en tanto que
otros batallan con el impulso de usar drogas o de consumir
demasiado alcohol. Muchos luchan una guerra secreta con
sus apetitos sexuales.
No importa con lo
que usted esté luchando, sepa que no está
solo, que no es la única persona que tiene dificultades
para tomar las decisiones correctas. La tentación
ha sido definida como "la atracción a cometer un
acto imprudente o inmoral, especialmente por una recompensa
ofrecida (o percibida)". Eso es lo que hace que el proceso
de tomar una decisión produzca mucha tensión.
La buena opción puede parecer poco atractiva superficialmente,
en tanto que la negativa tiene un atractivo especial.
Sentimos tensión
cuando estamos decidiendo entre lo que debemos y lo que
no debemos hacer. Esta lucha no es imaginaria; el cuestionamiento
"debo o no debo" no es un ejercicio intelectual aislado.
Se está librando una verdadera guerra dentro de nosotros.
La raíz de este conflicto se llama pecado. Por naturaleza
todos hemos nacido pecadores y estamos separados de Dios;
es decir, tenemos un deseo nato de vivir como queremos en
lugar de hacerlo como Dios lo prescribe. La única
solución para esta separación de Dios está
en su Hijo Jesucristo que murió en la cruz para pagar
el castigo por el pecado y reconciliarnos a Dios (Romanos
6:23; Juan 3:16).
¿Por qué
parece tan bueno?
Cuando aceptamos
el hecho de que Cristo ya pagó por el pecado y confiamos
en Él como salvador, oficialmente hemos muerto al
pecado. ¿Qué quiere decir esto? Muerto significa
que el pecado ya no tiene poder para forzarnos a hacer o
pensar nada (Romanos 6:1-3, 10-14). Por supuesto que el
pecado todavía existe como influencia, pero su reinado
ha sido destruido; tiene acceso a nosotros, pero no autoridad
sobre nosotros. Somos libres para optar en contra del pecado;
su dominio ha sido destrozado . Como creyentes, somos libres
para decir "no".
En Cristo tenemos una vida nueva y un espíritu nuevo
(2 Corintios 5:17). El Espíritu Santo que habita
en nosotros desde el momento en que depositamos nuestra
confianza en Jesús, nos capacita para elegir la obediencia
en lugar de la rebeldía. Aún así, la
atracción hacia el pecado a veces puede ser demasiado
fuerte.
El atractivo es
real
Es importante entender
que nuestros deseos naturales nos fueron dados por Dios
y que son legítimos. Por ejemplo, no hay nada malo
en querer comer. Pero cuando queremos comer más,
o menos, de lo que debemos, o queremos estar a la moda aunque
de alguna manera perjudique nuestro cuerpo, el deseo es
ilegítimo. Siempre que sobrepasemos los límites
del amor que Dios ha estipulado entramos en terreno pecaminoso.
La primera reacción cuando caemos en tentación
es culpar a otra persona o atribuirlo a defectos de nuestra
personalidad. "Mi amigo me empujó a hacerlo", tratamos
de explicar; o: "Así me educaron mis padres; no puedo
evitarlo". Esa táctica de desviar la culpa hacia
los demás no es nueva. Cuando Dios buscó a
Adán en el Huerto del Edén después
de haber pecado, Adán culpó a Eva (Génesis
3:12).
¿Por qué hacemos
esto? Es difícil admitir que el problema está
en nosotros. Es probable que muchas veces hayamos oído
la excusa: "El diablo me obligó a hacerlo", y que
nosotros mismos la hayamos usado. En efecto, frecuentemente
Satanás juega un papel en la tentación; pero
esa frase simplemente no es verdad.
Satanás jamás
puede obligarnos a hacer nada. Su poder se limita
a la manipulación y al engaño (2 Corintios
11:3); Juan 8:44). Puede impulsarnos a tener muchos deseos
de hacer o decir algo, pero literalmente no puede forzarnos
a hacerlo. Sí, Satanás es un enemigo formidable
y su intención de hacernos caer en sus trampas y
sus lazos nunca cambia. El Señor Jesús nos
advirtió: ". . él ha sido homicida desde el
principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay
verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla;
porque es mentiroso, y padre de mentira" (Juan 8:44).
La Palabra de Dios en 1 Tesalonicenses 3:5 y Mateo 4:3 se
refiere a Satanás como el tentador, el responsable
de inducir a muchos a descarriarse. Constantemente busca
nuestros puntos débiles y vulnerables y los explota
cuando tiene oportunidad de hacerlo (1 Pedro 5:8). No obstante,
como nos asegura Job 1:12, sus facultades son limitadas
por Dios.
Por otra parte, Dios
no nos tienta a pecar; su carácter no le permite
hacerlo. De ninguna manera puede el Dios santo y todopoderoso
estar asociado con el pecado. Santiago 1:13-14 dice: "Cuando
alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios;
porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni Él
tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de
su propia concupiscencia es atraído y seducido".
No importan ni la
presión, ni los incentivos, ni los detalles atractivos,
la Escritura dice claramente que nosotros somos los responsables
de nuestro pecado y nadie más. Cuando somos tentados,
podemos decir sí o no; la decisión es nuestra.
Y pese a la influencia fuerte y negativa de la tentación
podemos hacer la elección correcta con la ayuda de
Dios. Al reconocer la verdadera naturaleza del conflicto,
estamos preparados para poner la Palabra de Dios en acción
ante cualquier desafío.
|