A principios de mayo del 1997,
saludé a mi congregación en la ciudad de La
Plata, Argentina, y les dije: "Los veré en una semana.
Voy a visitar lugares de avivamiento en los Estados Unidos
y les traeré informes de lo que el Señor está
haciendo".
Básicamente,
como pastor de una iglesia creciente de la capital de la
provincia de Buenos Aires, pensé que estaba haciendo
las cosas bien para el Señor, y suponía que
todo lo que necesitaba para fortalecer mi ministerio era
recibir un toque de El en estos lugares de avivamiento.
Sin embargo, había
en mi corazón un clamor, una oración extraña
que había estado haciendo durante los meses anteriores.
Varias veces, mientras me encontraba de rodillas, me había
oído a mí mismo decir: "Señor, si no
traes otro avivamiento refiero morir; no deseo vivir más".
Entonces reprendí a mi alma, porque tengo tres hijos
pequeños y una esposa maravillosa. Además,
al ministerio no le iba tan mal, así que pensé:
"¡No debo orar de esta manera, porque el Señor
puede responder y llevarme con Él!'
Pero al día
siguiente me encontraba orando las mismas cosas. Entonces
entendí que el Espíritu Santo estaba poniendo
en mi corazón una carga por el avivamiento; estaba
desarrollando un hambre santo por el Señor. El predicador
escocés John Knox solía decir, "Señor,
dame Escocia o me muero"
Como muchos otros,
oraba por el avivamiento, pero no me preparaba para recibirlo.
Viajé a Pensacola, Florida, con la intención
de visitar el avivamiento de la Iglesia Brownsville de las
Asambleas de Dios. El derramamiento en esta iglesia había
comenzado el Día del Padre, en 1995. Desde ese entonces,
más de tres millones de personas han visitado ese
avivamiento, y centenares de millares han renovado o entregado
sus vidas a Cristo. Este avivamiento está marcado
por un llamado profundo hacia el arrepentimiento.
No fui decepcionado
por lo que vi en Pensacola. Me regocije en el Señor,
viví horas de gloria y de bendición, y presencié
cómo centenares de personas pasaron al frente para
recibir a Cristo. Tuve una experiencia maravillosa en Pensacola
y sentí que Dios me había tocado. Pero no
tenía idea de cuán profundamente lo había
hecho. Después de estar una noche en Pensacola, a
la mañana siguiente partí muy temprano para
Elkhart, Indiana, donde vive la familia de mi esposa y donde
está instalada nuestra oficina ministerial de Estados
Unidos.
CORRIENDO HACIA
LA PRÓXIMA REUNIÓN
Llegué a Elkhart
el viernes, y me sentía restaurado y renovado. La
mañana del domingo, 18 de mayo de 1997, pasé
a saludar brevemente a la congregación de Zion Chapel,
que había sido nuestra iglesia cuando vivíamos
en los Estados Unidos. Disponía solamente de unos
minutos en el programa de esa mañana, pues luego
predicaría otro visitante. De hecho, se suponía
que me iría rápidamente para predicar en otra
iglesia. Lo que no sabía era que el Señor
tenía planes diferentes.
Compartí un
saludo y entonces el pastor, Steve Chupp, dijo: "Pidamos
al Pastor Sergio que pase al frente para que podamos orar
por él antes de que se vaya a predicar a Maranatha
Fellowship, y así les pueda llevar el fuego a ellos".
Ésas fueron sus palabras. Él invitó
a algunos jóvenes a que oraran por mí. (Tú
sabes, amado lector, que los jóvenes son realmente
peligrosos cuando están en las manos de Dios).
Varios jóvenes
comenzaron a orar muy tranquilamente por mí mientras
yo estaba parado enfrente del santuario, justo delante de
la plataforma. Hasta ese momento todo ocurría normalmente
y de acuerdo al boletín de la iglesia. Cerré
los ojos mientras los jóvenes comenzaban a orar;
mi mente no estaba en el avivamiento ni en nada semejante:
estaba apurado por llegar a la otra iglesia para predicar.
Pero de repente, mis manos comenzaron a temblar sin mi permiso,
y no podía controlarlas.
Fui criado dentro
de las Asambleas de Dios. Mi papá, Alberto Scataglini,
era un líder prominente de las Asambleas de Dios
en Argentina, donde sirvió como superintendente de
la denominación y en varias otras funciones. En nuestra
denominación (y especialmente con el entrenamiento
que recibí de mi padre) cuando un pastor está
en el púlpito, él está al control.
Sí, dejamos que el Señor nos use, pero no
dejamos que las cosas se salgan fuera de control. Como decía
mi papá: "Si el pastor pierde el control, ¿qué
sucederá con el resto de la congregación?"
Ése es un
consejo sabio. Pero en este caso, por primera vez, me estaba
sucediendo en el púlpito algo que no podía
controlar. Pensé: "Esto está fuera de lugar".
Abrí los ojos y miré a la congregación,
frente a mí: a nadie más le temblaban las
manos. Apreté mis manos firmemente, intentando detener
los temblores ¡y entonces todo mi cuerpo comenzó
a temblar! Recuerdo que trabé mis rodillas y traté
de pararme con firmeza en un inútil intento de frenar
el temblor que corría por todo mi cuerpo. Y entonces
me caí al piso.
Algo extraño
me sucedía y me dije: "Esto no tiene sentido;
debo levantarme". Estaba en el piso, temblando incontrolablemente.
Miraba a la congregación y ellos me miraban a mí.
¡Habían dejado de orar y todo era silencio! El pastor
comenzó a dirigir algunos coros. Creo que no sabían
qué hacer conmigo. En un momento lloraba y al otro
reía. Me sentía apenado, sorprendido y sumamente
feliz, todo al mismo tiempo.
Pensé: "Tengo
que salir de aquí Intenté levantarme
tres veces. La tercera vez dos líderes de la iglesia
me ayudaron a ponerme en pie. El pastor asociado me sostenía,
mientras el pastor bajó del púlpito y se paró
a mi lado.
Llorando, le dije:
"Pastor, no me deje interrumpir esta reunión; por
favor sáqueme de aquí". Pero este pastor puso
su brazo alrededor de mi hombro y me dijo: "No estás
interrumpiendo, hermano. Esta es la presencia de Dios".
Sus sencillas palabras fueron un bálsamo para mi
alma.
Finalmente, dos hombres
me ayudaron a caminar. Pensé que me llevarían
a un cuarto apartado, pues deseaba desesperadamente estar
a solas con Dios. Pero ellos tuvieron la mala idea de sentarme
en primera fila. Continué temblando y cada pocos
minutos me caía al piso y alguien tenía que
levantarme y sentarme en la silla. Entonces comencé
a gritar. Como tenia mi pañuelo, me tapé la
boca con él diciéndome: "No debo interrumpir
esta reunión". Hice todo lo posible por refrenarme,
pero cuanto más intentaba controlarme, más
fuertes eran las olas del Espíritu Santo que venían
sobre mí.
Tiempo después
aprendí que eso que había experimentado era
el fuego de Dios. Como ya describí en la introducción,
este fuego santo es un toque directo de Dios que nos motiva
a odiar el pecado y amar la pureza, con el propósito
de ganar almas para el Reino. Es una pasión que consume
y nos hace amar a Dios con todo el corazón, alma,
mente y fuerzas. Ese día sentí literalmente
que olas de poder cubrían mis huesos y mi cuerpo.
Su gloria estaba allí. En aquel instante no sabía
cómo llamarlo. Sin embargo, ahora sé que el
fuego de Dios es muy bíblico. Cuando Juan el Bautista
le estaba preparando el camino a Cristo, se refirió
al bautismo de fuego cuando dijo: Yo a la verdad os bautizo
en agua para arrepentimiento; pero el que viene detrás
de mi, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es
más poderoso que yo; él os bautizará
en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3: 1 l).
En el verso siguiente,
Juan dice:
Su aventador está
en su mano, y limpiará su era; y recogerá
su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego
que nunca se apagará (Mateo 3:12).
Su fuego es un fuego
santo; no se apaga y quema el pecado de nuestras vidas.
Los que no se sometan a su fuego, serán quemados
completamente, como la paja desmenuzada. Su fuego arderá,
ya sea en purificación o en juicio.
ENFRENTANDO A
MIS SUEGROS
Sin pedirme permiso,
alguien fue a la oficina de la iglesia y llamó al
pastor de la iglesia donde me esperaban para predicar, y
le dijo: "Parece que este hermano no va a poder predicar
hoy". ¡Me tomó dos semanas poder llegar a esa iglesia
para predicar!
Mientras estaba hundido
en mi asiento de primera fila, pensaba: "-Oh, qué
ola tan maravillosa del poder de Dios. Estoy seguro
de que voy a predicar poderosamente esta mañana!"
No tenía noción de que ya había
pasado una hora y media. Hacia el final del servicio el
pastor se me acercó, me ayudó a pararme y
colocó el micrófono delante de mí,
pues quería que ministrara un poco a la congregación.
Al intentar hablar, me di cuenta de que no lo estaba haciendo
correctamente. Sé que tengo un acento hispano cuando
hablo en inglés, pero esto era peor.
Algunas personas
se acercaron para recibir oración y noté que
después de orar por ellos, algunos temblaban igual
que yo. Me asusté; era demasiado para mí en
un solo día. Luego, un hermano me hizo una pregunta
un poco embarazoso; dijo: "Hermano, ¿necesita que alguien
lo lleve a su casa ?" Le respondí: "Sí, pienso
que lo necesito". Yo estaba con un coche prestado, y este
hermano me llevó a casa en él.
Tenía una
sola oración al llegar a la casa de mis suegros:
mientras continuaba temblando, llorando y riendo, oré:
"Señor, por favor no dejes que mis suegros me
vean en este estado' Oraba para que no estuvieran
en casa cuando yo 1 legara. Realmente oré con fervor.
Permítame explicarle: mis suegros son cristianos
que aman al Señor. Creo que estamos en el mismo reino,
sólo que en diferentes vecindarios, y a través
de los años hemos tenido cierto nivel de tensión
teológico. Oré: "Señor, no permitas
que esto sea causa de división'.
Cuando abrimos la
puerta de la casa, mis suegros estaban parados frente a
mí. Yo no podía caminar muy bien y el hermano
que me había conducido a casa me sostenía
para que no me caiga. No podía hablar con claridad,
pero recuerdo que le dije a mi suegra: "Mamá, estoy
bien, no te preocupes. Pero por favor no me mires". Inmediatamente
mi suegra levantó sus manos al cielo; comenzó
a llorar y alabar a Dios, y entró en un ayuno de
tres días. Y cuando me iba acercando a mi habitación,
para mi sorpresa, la escuché decir: "¡Esto es
lo que necesitamos en nuestras iglesias!".
El hermano comenzó
a hablarles y explicarles lo qué había sucedido,
lo cual me dio la oportunidad de llegar finalmente hasta
mi habitación. No podía caminar, pero podía
arrastrarme y gatear. Comencé a subir lentamente
las escaleras. Por fin llegué a mi habitación,
en el segundo piso, y cerré la puerta. ¡Qué
feliz me sentía de poder estar solo! Continué
temblando y llorando y sin saber qué me sucedía.
Dos horas después, las manifestaciones cesaron totalmente.
Todo volvió a la normalidad y no tenía más
temblores. Pensé: "Tengo muchas cosas que contarle
a mi iglesia de La Plata". Creí que ése
había sido el final de mi experiencia.
NO FUE UN TOQUE
SINO UNA TRANSFORMACIÓN
Como creía
haber vuelto a la normalidad, bajé a explicarles
a mis suegros lo que me había ocurrido. Antes de
poder hacerlo, mi suegra me puso enfrente un plato de comida
y dijo: "¡Qué maravilloso es el Señor!", y
cuando lo dijo sentí que la gloria del Señor
volvía a caer sobre mí. Caí hacia atrás
sobre el piso y comencé a temblar. Luego empecé
a arrastrarme otra vez hacia las escaleras para llegar a
mi habitación.
Debía confirmar
a otro pastor de la zona que predicaría
en su iglesia, pero
no podía ni siquiera hacer una llamada telefónica.
Yo pensaba: "Señor, si este fuego proviene de
ti', ¿por qué no me estás dejando hacer
mi trabajo? Debo estar ocupado, más ocupado
que nunca". Sobre mi escritorio tenía una lista
impresionante de cosas por hacer. Además, el boleto
de avión era caro y sentía que mi responsabilidad
era hacer cosas. Miraba la lista y la lista me miraba a
mí. Deseaba ocupar mi tiempo para el Señor;
pero el Señor tenía otros planes para mí.
A El no le interesaba mi agenda. De hecho, ¡la hizo pedazos!
Esa noche fui a una
reunión unida de varias congregaciones. Me senté
en la parte posterior, y de pronto la presencia del Señor
vino sobre mí y comencé a temblar incontrolablemente.
Me dije: "No sé que va a pensar la gente
si esta manifestación comienza otra vez 33 .
Así que corrí a mi coche y continué
temblando mientras conducía de una población
a otra. Sólo deseaba llegar a la casa de mis suegros
y esconderme allí.
Al Señor
no le interesaba mi agenda:
¡La hizo pedazos!
Al día siguiente,
la presencia del Señor era aún más
poderosa. Comencé a planchar mi camisa a las 7 de
la mañana, porque quería salir de la casa
y hacer las cosas que tenía que hacer para Dios;
pero no acabé de planchar mi camisa hasta cerca de
las 3 de la tarde porque mientras planchaba la gloria del
Señor llenaba el cuarto y yo caía al suelo
en adoración.
LA MANIFESTACIÓN
DE SU PRESENCIA
Dios no es igual
a nosotros: El es más poderoso, por eso no cabe dentro
de nuestros viejos moldes. Por eso no puedes tener un derramamiento
del Espíritu Santo en tu vida y conservar los mismos
odres. Debemos cambiar los odres antes de que el Espíritu
pueda descender sobre nuestras vidas. Si estás muy
aferrado a tus propios hábitos y patrones de vida
y viene el Espíritu Santo, El romperá los
odres viejos.
Los odres nuevos
son diferentes porque se estiran. El Señor impartirá
a muchos de ustedes una flexibilidad especial para el Espíritu
Santo. Dirás: -"Señor, yo puedo estirarme;
no importa que tenga más de 40, 50 o 60 años:
en mi corazón hay lugar para Tu voluntad".
Mateo 3:11 dice:
"El os bautizará en Espíritu Santo y fuego".
Hay tanta gente que dice: "Oh, recibí el Espíritu
Santo hace quince años". Creo que el Espíritu
Santo llega a nuestros corazones cuando recibimos a Jesús,
ése es el comienzo.
Su presencia está
con nosotros: no podríamos ser cristianos sin el
Espíritu. Pero después viene el bautismo del
Espíritu Santo. Cuando recibimos a Cristo, el Espíritu
viene a morar dentro de nosotros. Cuando recibimos el bautismo
del Espíritu, el Espíritu fluye y se desborda
a través de nosotros. Pueden ocurrir diversas manifestaciones
externas, según Dios disponga, pero la segura evidencia
interna es el poder para testificar (vea Hechos 1:8) y una
pasión renovada por Dios y por las almas.
De alguna forma hemos
cometido el error de separar al bautismo del Espíritu
Santo del fuego del Espíritu Santo. Debemos recordar
las palabras de Juan el Bautista, quien no separó
las dos cosas, sino dijo que Jesús nos bautizaría
con el Espíritu Santo y con fuego. Una cosa va con
la otra. Estamos destinados a hacer grandes hazañas
para Dios y a vivir vidas de pasión santa.
Muchos cristianos
no producen fruto porque dicen: "Tengo el Espíritu
Santo, pero no tengo el fuego. No tengo el fuego para las
naciones, para mi ciudad o para mis familiares perdidos".
Hermanos, El se está moviendo poderosamente como
nunca antes, y se está manifestando a través
de señales, milagros y prodigios. Creo que el Espíritu
Santo es el mismo hoy, mañana y ayer, pero Él
puede elegir cómo manifiesta Su presencia a Su pueblo.
Él puede manifestar Su presencia a través
de un maravilloso río de unción, pero también
puede manifestar Su presencia mediante un abrupto fuego
de Dios. Él está en el terremoto, y Él
está en el silbo apacible.
La unción
es dulce, y puede describirse como el depósito de
dones y gracia que Dios coloca en nosotros. Es la presencia
tangible de Dios para cumplir el ministerio. Pero el fuego
es abrupto ¡y consumirá todo lo que tienes! El fuego
agrega combustible a 1a unción y nos capacita para
llegar a mayores niveles de santidad. El fuego nos da poder;
la unción nos equipa.
Dios decide cómo
elige manifestarse, pero sin duda el trato del Señor
con su Iglesia es más fuerte en estos días.
La Novia de Jesucristo está casi lista para el Esposo.
El Espíritu Santo está planchando las últimas
arrugas y está limpiando las manchas que aún
quedan. ¡Está preparando una Iglesia hermosa para
la gran boda entre Su Iglesia y nuestro Señor y Salvador
Jesucristo!
¿Estás listo
para que el Espíritu Santo interrumpa tu agenda y
haga lo que El quiera? A veces decimos: "Señor, cambia
mi vida, pero no cambies mi formalismo. No toques mi territorio
seguro. Ésta es mi área de comodidad y no
quiero que te acerques demasiado". ¡Pero el problema es
que cuando oras por un avivamiento, lo recibes!
El Señor quiere
descender con poder sobre cada persona. Sobre todos. Pero
debemos dejar que el Espíritu Santo haga Su trabajo,
a Su manera y en Su tiempo, porque el Señor Todopoderoso
es soberano.
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