PARTE
1 DE 3
“¡Hey! soy un zapato con mucha
experiencia… tengo 8 años (80
en el tiempo de los zapatos), por favor
no me deseche… todavía tengo
mucho que dar… por favor no se fije
en el olor peculiar de mi antiguo dueño.
El me trataba bien, me llevó a pasear
por mil lugares y le conozco todos sus trucos,
soy importante porque… bla…bla…bla….
¡Déme una segunda oportunidad,
por favor, no se compre un par nuevo, los
viejos somos mejores… snif…snif…!”
Me
pregunté por mis cosas viejas…
¡Ah que tesoro más maravilloso
de antigüedades y tonterías
guardaba en mi casa! Sin querer pertenecía
al popular gremio de los recicladores …
un dibujo hecho en la secundaría,
un suéter que me compré en
una barata hacia 10 años, zapatos
de 8 años que tenían tres
años de no usarse, muebles que estorbaban,
sillas flojas y despintadas, y quien sabe
que tantas cosas saqué para el ropavejero.
Llamó
mi atención que el hombre veía
con entusiasmo todas las cosas que salían
y salían por la puerta… estaba
desprendiéndome de la mitad de mis
cosas. Cosas que había jurado defender
con mi vida si era necesario. El hombre
cogió mi tesoro y lo devaluó
en fracción de 1 a 20 en menos de
un minuto… ¿Qué?...
dije alarmado, ¿cómo que solo
me va a pagar $20 por unos zapatos que me
costaron $800?
Por
unos minutos estuve consternado… casi
estaba al borde del colapso cuando mi tesoro
se fue en su carreta vieja y yo solo me
quedé con unos pocos pesos en la
mano. Desconsolado por tan gran perdida,
me reuní con la otra mitad de mi
tesoro. Entonces vinieron a mí esos
pensamientos de buen humor que surgen de
la tragedia. “Si pudiera vender todo
lo que en realidad no necesito, solo me
quedaría con dos camisas y dos pantalones,
unos libros, dos sillas, un par de amigos
y una computadora… imprescindible”
A
nadie nos gusta desprendernos de las cosas
que usamos, principalmente a las que por
alguna razón les damos un sentido
familiar e incluso animado… yo veo
a mucha gente hablándole a su auto…
“hola precioso, hoy te luciste en
el boulevard”, “trabaja…trabaja…
licuadora inútil… para que
te compré”… y cosas como
esas.
En
el caso de la iglesia, hacemos lo mismo…
vivimos de lo viejo y lo usado, lo gastado;
usamos tradiciones que fueron hechas para
momentos históricos diferentes, que
no aplican ahora. Quiero hacer notar la
diferencia: Una cosa son los principios
y valores cristianos, basados en La Biblia
y otra cosa es la iglesia y sus tradiciones.
Algunas tradiciones están basadas
en La Biblia; otras son excelentes, porque
conservan la unidad y armonía, así
como las buenas relaciones entre los hermanos.
Hay que identificarlas. Mas sin embargo,
otras son grises y francamente desmotivantes.
Aun se pone peor, cuando llevamos tradiciones
a cuestas que compramos en la segunda…
lo que otro usó, ahora es nuevo para
nosotros… caramba... que pobreza.
Cuando
el ropavejero pasa por la calle, no puedo
evitar pensar en cuanta gente vive de lo
usado, lo viejo, lo malo, lo agotado y gastado,
lo obsoleto y los desperdicios, las segundas…
hice una pequeña investigación
y para mi asombro, hay demasiada. ¡Si!
hay mucha gente que gusta de reciclar lo
reciclado. Cuantas iglesias he visto, que
bien podrían llenar el saco del ropavejero…
¡Oh si hubiera un ropavejero espiritual,
que nos quitara del peso del pasado, de
las cosas que un día funcionaron
y ahora ya no, si tan solo pudiéramos
despejar nuestras bodegas aunque sea un
poco, para quitar el polvo y acomodar una
innovación… esa rara cosa nueva
que corre en la sangre de los jóvenes.
Vivimos
con ideas y pensamientos reciclados que
guardamos como gran tesoro y juramos defenderlo
con la vida si es necesario. Ideas sobre
mismos asuntos, mismas cosas, mismos problemas,
mismo… mismo… ¡mismo!...
Mismo
saludo: “Dios le bendiga”. Misma
forma de orar: “Amantisimo Señor
y Padre Nuestro”. Misma alabanza:
“Te alabamos, te adoramos, te amamos,
amen, aleluya”. Misma hermanita criticona
y chismosa… (Creo que hay una en todas
las congregaciones del mundo; como que es
parte del paquete.). Misma liturgia: “Hoy
comenzaremos el servicio con el Salmo de
David número 23” Mismo sermón:
“Hermanos, les exhorto a que no pequemos
más”. Mismo llamamiento al
altar: “Si alguno tienen una necesidad,
venga ahora al altar y oraremos por ella”
Mismos hermanos que pasan al altar. Misma
oración de sanidad y por tanto mismos
enfermos que siempre pasan… (En todas
las congregaciones del mundo siempre hay
una par de hermanos hipocondríacos
que necesitan de nuestra oración)…
mismo, mismo, mismo, mismo…. ¿Qué
rutina tan espantosa no le parece?
Somos
tan buenos en el reciclaje espiritual que
tildamos de liberales a aquellos que estrenan
una nueva prenda espiritual y agregan un
poco de color a sus vidas… algo de
olor a nuevo. Preferimos lo viejo y obsoleto,
lo gastado y las frases hechas… “Viste
como predicó el pastor las siete
palabras, justo como lo ha hecho los últimos
20 años, ha que buen predicador,
no se le olvidó ni una frase”.
No
tenemos que cambiar cada 5 minutos las cosas.
Creo que la iglesia es una institución,
y como tal se basa en formas y sistemas,
que bien han funcionado, ya que ha permanecido
por 2,000 años. Pero la pregunta
es: ¿Permaneceremos otros 2,000 años
más?
Le
platico algunos detalles de psicología
de mercadotecnia, para que vea porque nos
cuesta tanto cambiar nuestras formas. La
gente puede soportar que el presidente de
la república sea adultero, pero no
puede soportar que le cambien el empaque
del detergente en el super-mercado; puede
soportar que se devalúe la moneda,
pero no puede soportar que le cambien el
sabor al pan de caja (En barra o embutido).
Pueden soportar que cambien al pastor, pero
no pueden soportar que cambien las bancas
de la iglesia por sillas. Esto se debe a
que vivimos de lo cotidiano, aceptamos los
cambios cataclísmicos radicales como
parte de la vida porque sabemos que pueden
suceder; pero nos resistimos a los cambios
cotidianos que nos afectan de forma.
Nuestra
seguridad se ve amenazada con los cambios
de lo cotidiano… por eso guardamos
vajillas de 20 años, vasos de plástico
de 10 años y usamos la licuadora
que nos regalaron en la boda hace 25 años.
Muchos piensan que esto es porque no hay
dinero para renovar, pero no es así;
si busca aun en la sociedad económicamente
pudiente, encontrará estos vicios.
Esta
clase de percepción de lo cotidiano,
nos lleva a una vida superficial y de forma,
no de fondo. Nos aterroriza el fondo, porque
exige cambios.
Misael
Escorcia Reyes
misael.escorcia@hotmail.com
Nació en México, D.F. en 1970,
es Diseñador Gráfico con especialidad
en Mercadotecnia, es graduado del Calvary
Ministries Institute en El Carmen N.L. México.
Ha sido evangelista, pastor y maestro, conferencista
con una vasta experiencia en el manejo de
medios de comunicación y escritor
para periódicos y revistas de diversos
géneros.
Ha
sido gerente de ventas de diversas empresas
y consultor ejecutivo de BMC (Business Man
Consultans), ha participado en la logística
y organización de eventos masivos
tanto cristianos como seculares en México,
El Salvador y Nicaragua.
Perteneció
al departamento creativo de The Coca-Cola
Company en E.U. y ha sido Director de Mercadotecnia
de Solomon Entertainment, la segunda empresa
más importante de eventos en México.
Actualmente dirige Mercadotecnia Y. y Centenniel
Living, ambas empresas relacionadas con
el manejo de medios de comunicación
y comercialización de productos naturales.