La Biblia fue escrita
con lágrimas y a las lágrimas entregará
su mejor tesoro. Dios no tiene nada que decir al hombre
frívolo. - A.W. Tozer
Mark Twain dijo:
"A la mayoría de las personas le preocupan los
pasajes de las Escrituras que no comprenden, pero los
que me preocupan a mí son los que sí comprendo."
En realidad,
la Biblia es clara como el agua en lo relativo a las lágrimas.
La Biblia revela al menos siete causas básicas
por las cuales llorar. Contiene más de setecientas
referencias al llanto, al lloro, las lágrimas y
al gemir. Debido a la enorme cantidad de datos, he categorizado
este capítulo en siete secciones, cada una de las
cuales detalla una clase o causa de llanto en las Escrituras.
Creo que es importante conocerlas, ya que cuando interpretarnos
correctamente el origen de esta fuente de lágrimas,
develamos los misterios del alma.
Jesús,
en el día de su resurrección, formuló
a María una pregunta muy dura: "Mujer, ¿por qué
lloras?" (Juan 20:15). Nosotros también debemos
aprender a formular esta pregunta cuando alguien está
llorando ante la tumba de una experiencia religiosa. Y
debemos escuchar lo que esta persona nos dice entre lágrimas
y responderle.
Antes
de pasar a las siete causas o clases de llanto que se
encuentran en la Biblia, quisiera destacar cinco razones
por las que hombres, mujeres y niños lloran en
nuestros cultos evangelísticos. Estas cinco razones
son:
- Las
personas sienten una culpa abrumadora por su condición
pecanunosa expuesta a la luz por la presencia de Jesucristo.
- Las
personas sienten un gozo sobreabundante al ser abrazadas
por su Padre celestial. Al experimentar su tierno amor
y su misericordia, fluyen las lágrimas. Su paz
que sobrepasa todo entendimiento y el testimonio interior
de que él tiene todo bajo control las hace llorar.
-
Sus prácticas e indulgencias para consigo mismos
los han llevado a un punto de deterioro tal que se encuentran
totalmente destruidos, tocando fondo.
- Sienten
una convicción visceral de que han desperdiciado
sus vidas y han contristado al Señor, y ahora
desean hacer las cosas bien, cueste lo que cueste
- Llegan
a la devastadora conclusión de que un día
se encontrarán ante el gran trono del juicio
y serán enviados al infierno
Al
predicar la verdad a distintos grupos de personas en todo
el mundo, hemos visto de todo, desde guerreros de las
lágrimas hasta estoicos que no pueden evitar los
sollozos.
La
predicación de la Palabra del Señor, marcada
con lágrimas, atraviesa la parte más profunda
del ser humano, y trae a la superficie su verdadero estado
espiritual. Se ha dicho que la Palabra de Dios es su carta
de amor personal para los cristianos; yo agregaría
que también es un telegrama escrito con lágrimas
para los guerreros desviados, un fax ferviente para aquellos
que han caído o han fracasado.
La
solemne verdad es que hemos sido llamados a llorar. El
profeta Isaías expresa esta poderosa verdad: "Por
tanto, el Señor, Jehová de los ejércitos,
llamó en este día a llanto y a endechas,
a raparse el cabello y a vestir cilicio; y he aquí
gozo y alegría" (Isaías 22:12, 13).
El
Señor nos ordena: "Gozaos con los que se gozan;
llorad con los que lloran" (Romanos 12:15). Hay ocasiones
en que deberíamos ser como los imponentes robles
de Basán, y soportar firmemente la acción
de las fuerzas de la naturaleza. Pero en otras ocasiones
deberíamos ser como los sauces llorones a las orillas
de los ríos de Babilonia, y permitir que nuestras
ramas se doblen humildemente hacia la tierra.
George
Gilfillan, en su libro The Bards of the Bible (Los Bardos
de la Biblia), comparte sus ideas sobre las distintas
personas que han llorado en la Palabra:
Las
lágrimas de Pablo lograban lo que sus estallidos,
su ciencia y su lógica no podrían haber
logrado tan rápidamente. Tan grande como la diferencia
entre un hombre y otro es la diferencia entre una lágrima
y otra. Las lágrimas de Isaías deben de
haber sido de fuego, brillando como un arco iris ante
su genio; las de David deben de haber estado mezcladas
con sangre; las de Jeremías seguramente fueron
copiosas y suaves como las de una mujer; las de Ezequiel,
salvajes y terribles.
De
las de Jesús, qué podríamos decir,
excepto que la gloria de su grandeza y la docilidad de
su mansa humanidad seguramente se encontraban en cada
gota. Y las de Pablo, sin duda, eran lentas, silenciosas
y enormes, como su Profunda naturaleza. Un Pablo demasiado
orgulloso para derramar lágrimas jamás habría
dado vuelta el mundo. Debemos destacar lo amable de ese
corazón escondido bajo el esplendor refulgente
de su genio.
Tomado con permiso
del Libro: Con Lágrimas en los Ojos
Autor: Esteban Hill
Editorial: Peniel